Libro XIII · Capítulo 34
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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49. También hemos examinado qué pretendisteis figurar cuando quisisteis que estas cosas fueran hechas en tal orden, o en tal orden fuesen escritas; y echamos de ver que una por una son buenas, y todas juntas muy buenas en vuestro Verbo, en vuestro Unigénito: el cielo y la tierra, la cabeza y el cuerpo de vuestra Iglesia en la predestinación antes de todos los tiempos, sin mañana y tarde.
Mas cuando comenzasteis a poner por obra en el tiempo lo que teníais predestinado, para manifestar lo oculto, y componer lo que en nosotros estaba descompuesto –porque sobre nosotros estaban nuestros pecados, y alejándonos de Vos, habíamos llegado a un abismo tenebroso, sobre el cual se cernía vuestro Espíritu (§ 8) para socorrernos en tiempo oportuno–, justificasteis a los impíos y los separasteis de los inicuos (§ 13); consolidasteis la autoridad de vuestro Libro (§ 16) entre los superiores que serían enseñados por Vos, y los inferiores que les serían sometidos.
Y congregasteis la sociedad de los infieles en una misma conspiración (§ 20), para que apareciese el celo de los fieles, para que te ofreciesen obras de misericordia, distribuyendo también entre los pobres las riquezas terrenas para adquirir las celestiales (§ 21).
Luego encendisteis algunas lumbreras en el firmamento, vuestros santos, que tienen la palabra de vida y resplandecen por sus espirituales carismas, representando sublime autoridad (§ 25).
Y después para instruir a las gentes infieles, produjisteis de la materia corpórea sacramentos y milagros visibles, y voces de palabras conforme al firmamento de vuestro Libro, de donde también vuestros fieles fuesen bendecidos (§ 26 y 35).
Y después formasteis el alma viviente de los fieles por los afectos ordenados con el rigor de la continencia (§ 29).
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