Libro I · Capítulo 19
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De los ejercicios del buen religioso
Tramo 1 de 3
[1] La vida del buen religioso debe resplandecer en toda virtud; que sea tal en lo interior cual parece de fuera.
Y con razón debe ser mucho más lo interior que lo que se mira exteriormente, porque nos mira nuestro Dios, a quien debemos suma reverencia dondequiera que estuviésemos, y debemos andar en su presencia tan puros como los ángeles.
Cada día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos a mayor fervor, como si hoy fuese el primer día de nuestra conversión, y decir:
Señor, Dios mío, ayúdame en mi buen intento y en tu santo servicio, y dame gracia para que comience hoy perfectamente, porque no es nada cuanto hice hasta aquí.
[2] Según es nuestro propósito, así es nuestro aprovechamiento; y quien quiere aprovecharse bien, ha menester ser muy diligente.
Si el que propone firmemente falta muchas veces, ¿qué será el que tarde o nunca propone?
Acaece de diversos modos el dejar nuestro propósito; y faltar de ligero en los ejercicios acostumbrados no pasa sin algún daño. El propósito de los justos más pende de la gracia de Dios que del saber propio; en Él confían siempre y en cualquier cosa que comienzan.
Porque el hombre propone, pero Dios dispone; y no está en mano del hombre su camino (Prov 16,9; Jer 10,23).
[3] Si por caridad y por provecho del prójimo se deja alguna vez el ejercicio acostumbrado, después se puede reparar fácilmente.
Mas si por fastidio del corazón o por negligencia ligeramente se deja, muy culpable es y resultará muy dañoso.
Esforcémonos cuanto pudiéremos, que, aun así, en muchas faltas caeremos fácilmente.
Pero alguna cosa determinada debemos siempre proponernos, y principalmente contra las faltas que más nos estorban.
Debemos examinar y ordenar todas nuestras cosas exteriores e interiores, porque todo conviene para el aprovechamiento espiritual.
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