Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 8

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la baja estimación de sí mismo ante los ojos de Dios

Tramo 1 de 1

Letra pequeñaMedianaGrande

El alma.– [1] «Hablaré a mi Señor, siendo yo polvo y ceniza» (Gén 18,27). Si por más me reputare, tú estás contra mí, y mis maldades dan verdadero testimonio que no puedo contradecir.

Mas si me humillare y anonadare, y dejare toda propia estimación, y me volviere polvo como lo soy, me será favorable tu gracia, y tu luz se acercará a mi corazón, y toda estimación, por poca que sea, se hundirá en el valle de mi miseria y perecerá para siempre.

Allí me haces conocer a mí mismo lo que soy, lo que fui y en lo que he parado, porque soy nada y no lo conocí.

Abandonado a mis fuerzas, soy nada y todo flaqueza; pero si tú de repente me miras, luego me hago fuerte y me lleno de nuevo gozo.

Y es cosa maravillosa, por cierto, cómo tan de repente soy levantado y abrazado de ti con tanta benignidad yo que, según mi propio peso, siempre voy a lo bajo.

[2] Esto hace tu amor, que gratuitamente me previene y socorre en tanta multitud de necesidades, y me guarda también de graves peligros, y me libra de males verdaderamente innumerables.

Porque yo me perdí amándome desordenadamente; pero buscándote a ti sólo, y amándote puramente, me hallé a mí y a ti; y por el amor conocí más profundamente mi nada.

Porque tú, ¡oh dulcísimo Señor!, haces conmigo mucho más de lo que merezco y más de lo que me atrevo a esperar y pedir.

[3] Bendito seas, Dios mío, que, aunque soy indigno de todo bien, todavía tu nobleza e infinita bondad nunca cesa de hacer bien, aun a los desagradecidos y apartados lejos de ti.

Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes y devotos, pues tú eres nuestra salud, virtud y fortaleza.

Siguiente capítuloCapítulo anterior

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.