Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 10

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que en despreciando el mundo, es dulce cosa servir a Dios

Tramo 1 de 2

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El alma.– [1] Otra vez hablaré, Señor, ahora, y no callaré. Diré en los oídos de mi Dios, mi Señor y mi Rey, que está en el cielo:

«¡Oh Señor, cuán grande es la abundancia de tu dulzura, que escondiste para los que te temen!» (Sal 30,20). Pero, ¿qué eres para los que te aman? ¿Qué para los que te sirven de todo corazón?

Verdaderamente es inefable la dulzura de tu contemplación, la cual das a los que te aman.

En esto me has mostrado singularmente la dulzura de tu caridad: en que cuando yo no existía, me creaste, y cuando erraba lejos de ti, me trajiste para que te sirviese, y me mandaste que te amase.

[2] ¡Oh fuente de amor perenne! ¿Qué diré de ti?

¿Cómo podré olvidarme de ti, que te dignaste acordarte de mí, aun después que yo me perdí y perecí?

Sobre toda esperanza usaste de misericordia con tu siervo, y sobre todo merecimiento me diste tu gracia y amistad.

¿Qué te volveré yo por esta gracia? Porque no se concede a todos que, dejadas todas las cosas, renuncien al mundo y escojan vida retirada.

¿Por ventura es gran cosa que yo te sirva, cuando toda criatura está obligada a servirte?

No me debe parecer mucho servirte, sino más bien me parece grande y maravilloso que tú te dignes recibir por siervo a un tan pobre e indigno, y unirlo con tus amados siervos.

[3] Tuyas son todas las cosas que tengo y con que te sirvo.

Pero, al contrario, tú me sirves más a mí que yo a ti.

El cielo y la tierra, que creaste para el servicio del hombre, están prontos y hacen cada día todo lo que les has mandado. Y esto es poco, pues aun los ángeles destinaste para servicio del hombre.

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