Libro III · Capítulo 55
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la corrupción de la naturaleza y de la eficacia de la gracia divina
Tramo 2 de 3
[3] De aquí viene, Dios mío, que yo, «según el hombre interior, me deleito en tu ley, sabiendo que tus mandamientos son buenos, justos y santos» (Rom 7,12.22), juzgando también que todo mal y pecado se debe huir. Pero «con la carne sirvo a la ley del pecado» (Rom 7,25) cuando obedezco más a la sensualidad que a la razón. De aquí es también que «puedo querer el bien, pero no puedo ponerlo por obra» (Rom 7,18).
Así es también que propongo frecuentemente hacer muchas buenas obras; pero como falta la gracia para ayudar a mi flaqueza, con poca resistencia vuelvo atrás y desfallezco.
Por la misma causa sucede que conozco el camino de la perfección, y veo con bastante claridad cómo debo obrar; mas agravado por el peso de mi propia corrupción, no me levanto a cosas más perfectas.
[4] ¡Oh, cuán necesaria me es, Señor, tu gracia, para comenzar el bien, continuarlo y perfeccionarlo!
Porque sin ella ninguna cosa puedo hacer; pero «en ti todo lo puedo, confortado por la gracia» (Flp 4,13).
¡Oh gracia verdaderamente celestial, sin la cual nada son los merecimientos propios, ni se han de estimar en algo los dones naturales!
Ni las artes, ni las riquezas, ni la hermosura, ni las fuerzas, ni el ingenio o la elocuencia, valen delante de ti, Señor, sin tu gracia.
Porque los dones naturales son comunes a buenos y a malos; mas la gracia o la caridad es don propio de los escogidos, y con ella se hacen dignos de la vida eterna.
Tan encumbrada es esta gracia, que ni el don de la profecía, ni el hacer milagros o algún otro saber, por sutil que sea, es estimado en algo sin ella.
Ni siquiera la fe, ni la esperanza, ni las otras virtudes son aceptas a ti, sin caridad ni gracia.
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