Capítulo 2
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La muerte de su madre
Tramo 9 de 17
Poco tiempo después fui a confesarme. ¡Grato recuerdo! Vuestra Reverencia, Madre querida, me decía: Teresita, no es a un hombre, sino a Dios mismo a quien vas a declarar tus pecados. Llegué a convencerme de ello tanto, que le pregunté a Vuestra Reverencia, muy en serio, si tendría que decirle al Rey, Señor Ducellier, que lo amaba con todo mi corazón, puesto que era a Dios a quien iba a hablar en su persona. Bien enterada de cuanto tenía que decir, entré en el confesionario y me puse de rodillas; pero como era tan pequeña que mi cabeza no llegaba a la tablilla donde se apoyan las manos, el sacerdote abrió la ventanilla y no vio a nadie. Díjome entonces que me quedase de pie y yo, obedeciendo al momento, me levanté, y poniéndome exactamente frente a el, para verle mejor, me confesé y recibí su bendición con gran espíritu de fe, pues habíame dicho Vuestra Reverencia que en este momento solemne las lágrimas del niño Jesús caían en mi alma para purificarla, Recuerdo muy bien la exhortación que me hizo; me animaba principalmente a ser devota de la Santísima Virgen, y me propuse redoblar mi ternura con la que ocupaba ya puesto tan grande en mi corazón. Al concluir, entregué mi rosario al sacerdote para que lo bendijese, y salí del confesionario tan ligera y contenta, que nunca había experimentado tanta alegría. Era ya de noche: al pasar bajo un farol me detuve, saqué el rosario recién bendecido de mi bolsillo, y empecé darle vueltas en todas direcciones, ¿qué miras, Teresita?, me preguntó Vuestra Reverencia. Miro cómo está hecho un rosario bendito. Esta ingenua respuesta la regocijó mucho. Durante largo tiempo quedé penetrada de la gracia que había recibido, y desde entonces quise confesarme en las grandes fiestas. Puedo decir que aquellas confesiones llenaban de alegría mi alma de niña.
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