Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 10 de 13
Mis tíos fueron también sumamente cariñosos conmigo. Cada día venía a verme mi tía y me traía mil chucherías. No puedo expresar hasta qué punto aumentó mi ternura para con ellos durante mi enfermedad. Decía mi padre: No olvides nunca, hija mía, la abnegación extraordinaria que os demuestran vuestros tíos.
En los días de su ancianidad la experimentó él también; ahora protegerá y bendecirá desde el cielo a los que le prodigaron tan cariñosas y desinteresadas atenciones.
En los escasos momentos de tregua que me concedía el dolor, era mi mayor goce tejer coronas de margaritas y miosotas para la Virgen María. Estábamos a la sazón en el hermoso mes de mayo; la naturaleza toda se engalanaba con flores primaverales; sólo la florecita languidecía y parecía marchita para siempre, pero brillaba a su lado un sol, la imagen milagrosa, de la Reina de los Cielos, y a menudo, muy a menudo, volvía la florecita su corola hacia ese astro bendito.
Un día entró papá muy conmovido en mi aposento, y con profunda expresión de tristeza acercóse a María y le dio unas cuantas monedas de oro, pidiéndole que escribiera a París para encargar una novena de Misas en el Santuario de Nuestra Señora de las Victorias para obtener la curación de su pobre reinecita. ¡Su fe y su amor me penetraron el alma! ¡Cuánto hubiera dado por poder levantarme y decirle que estaba sana! Mas, ¡ay!, mis deseos no podían hacer un milagro, y era preciso uno muy grande para devolverme lá vida. Sí, se imponía un gran milagro, y lo hizo por completo Nuestra Señora de las Victorias.
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