Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 8 de 13
¡Cómo expresar el dolor de mi pobrecito padre al encontrarme en aquel estado desesperante a su regreso de París! Creyó de pronto que me moriría; pero Nuestro Señor hubiera podido responderle: “No, esta enfermedad no es mortal; ha sido ordenada para gloria de Dios”. Efectivamente, Dios fue glorificado en aquella tribulación. Lo fue por la admirable resignación de mi padre y de mis hermanas, particularmente de María. ¡Cuánto sufrió por mi causa! ¡Qué agradecimiento tan grande guardo a esta querida hermana! Su corazón le dictaba lo que requería mi estado, y verdaderamente el corazón de una madre puede más que las ciencias de los más sabios doctores.
Entre tanto, aproximábase, Madre mía, tu toma de hábito, si bien evitaban hablar de ello ante mí por temor de afligirme, pensando que no podría asistir a ella. Pero en lo íntimo de mi corazón yo abrigaba la creencia de que Dios me daría el consuelo de volvera ver en tal día a mi querida Paulina. Sí, abrigaba el convencimiento de que aquella fiesta no tendría nubes; sabía que Jesús no privaría a su esposa de la presencia de esta hijita, cuya enfermedad tanto la había hecho ya sufrir.
Y así sucedió; pude abrazar a mi madre querida, sentarme en su falda, esconderme bajo su velo y recibir sus dulces caricias; pude contemplarla sumamente embelesadora bajo sus blancos atavíos.
Verdaderamente fue aquel un día espléndido en medio de mi sombría tribulación, pero fue un día, o mejor dicho, una hora que pasó con extraordinaria rapidez, pues pronto me vi obligada a subir al coche que me alejó del Carmen.
Al llegar a los Buissonnets, me hicieron acostar, aunque no sentía cansancio alguno; pero al otro día volvía recaer tan gravemente, que, según los humanos cálculos, era imposible que sanara.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.