Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 10 de 21
El día siguiente apareció a mis ojos cubierto con cierto velo de melancolía. ¡Los lindos vestidos y los regalos que había recibido no llenaban mi corazón! En adelante sólo Jesús podía contentarme y no suspiraba sino por el feliz instante en que lo recibiría por segunda vez. Hice aquella segunda comunión el día de la Ascensión, teniendo la felicidad de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y mi queridísima María. Volvieron a correr mis lágrimas con inefable dulzura, y recordaba y repetía sin cesar las palabras de san Pablo: “¡No soy yo quien vivo; es Jesús quien vive en mí!”. Después de esta segunda visita de Dios, todo mi anhelo consistía en recibirle, lo que me permitieron en todas las fiestas principales. ¡Qué distantes me parecían entonces las fiestas!...
La víspera de esos afortunados días me preparaba María, como lo había hecho para mi Primera Comunión; recuerdo que una vez me habló del sufrimiento, diciéndome que en vez de conducirme Dios por ese camino, tal vez me llevaría siempre en brazos como a un niñito. Al acudirme estas palabras a la memoria después de la comunión del día siguiente, encendieron mi corazón en ardentísimos deseos de sufrir, con la íntima convicción de que me estaban reservadas muchas cruces. Viose entonces inundada mi alma de tan grandes consuelos, como jamás volví a experimentarlo en mi vida. El padecer trocóse en atractivo, descubrí en él hechizos que me arrobaron sin conocerlos bien todavía.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.