Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 11 de 21
Otro grandísimo deseo experimenté igualmente: el de no amar más que a Dios, el de no encontrar alegría sino en El únicamente. A menudo, durante mis acciones de gracias, repetía aquel pasaje de la Imitación: “¡Oh Jesús, dulzura inefable, trocad para mí en amargura todos los consuelos de la tierra!”. Estas palabras me salían sin esfuerzo ninguno de los labios; las pronunciaba como repite un niño, sin entenderlo mucho, lo que le inspira una persona amiga. Más adelante le diré, Madre mía, cómo se complació Nuestro Señor en realizar mi deseo, y cómo El solo fue siempre el consuelo inefable de mi alma. Si tratara ahora de ello, me vería precisada a anticipar el relato de mi adolescencia; mas tengo que darle aún muchos pormenores de mi infancia.
Poco después de mi Primera Comunión volvía entrar en ejercicios para recibir la Confirmación. Me preparé con grande esmero a recibir la visita del Espíritu Santo; no concebía que hubiese quien no pusiera muchísima solicitud en la recepción de este sacramento de amor. Como la ceremonia no pudo celebrarse el día señalado, tuve el consuelo de prolongar algún tanto mi soledad. ¡Ah, cuán alegre estaba mi alma! A semejanza de los Apóstoles, esperaba yo con júbilo al Consolador prometido; me regocijaba la idea de ser en breve perfecta cristiana y de llevar eternamente grabada en la frente la misteriosa cruz de este sacramento inefable.
No sentí el impetuoso viento de la primera fiesta de Pentecostés, sino más bien aquella ligera brisa cuyo murmullo oyó el profeta Elías en la montaña de Horeb. Recibí aquel día la fortaleza para padecer, fortaleza que me era muy necesaria, pues presto iba a comenzar el martirio de mi alma.
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