Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 19 de 21
Atravesamos grandes salones, donde me parecía a mí misma una hormiguita, preguntándome lo que me atrevería a decir. Paseábase en aquel momento el Señor Obispo por una galería en compañía de dos sacerdotes; acercóse el señor Vicario General, cambiando con él algunas palabras, y a poco entraron los dos en la habitación en que esperábamos. Había tres enormes sillones colocados delante de la chimenea, en la que chisporroteaba un fuego muy vivo.
Al entrar el señor Obispo, púsose papá de rodillas junto a mí para recibir su bendición; después nos hizo sentar Su Excelencia Ilustrísima. El Señor Révérony me ofreció el sillón dél medio; yo me excusé cortésmente, pero él insistió diciéndome que diera prueba de saber obedecer. Á estas palabras me resigné sin la menor réplica y llena de confusión vi que él tomaba asiento en una silla, mientras yo me hundía en el sillón monumental donde cuatro como yo hubieran cabido cómodamente mucho mejor que mi personilla, pues distaba mucho de hallarme bien en él. Esperaba que papá tomara la palabra, pero no fue así, sino que me invitó a explicar yo misma el objeto de nuestra visita. Lo hice con la mayor elocuencia que pude, íntimamente persuadida de que una sola palabra del Superior me hubiera valido más que todas mis razones. Por desdicha, su oposición no abogaba mucho en favor mío.
Me preguntó Su Excelencia si hacía mucho tiempo que deseaba entrar en el Carmen. ¡Oh, sí Monseñor; hace mucho tiempo!, le respondí. ¡Vaya!, repuso riendo el Rev. Señor Révérony. Nunca podrá hacer más de quince años. Verdad es, repliqué, pero no rebaje mucho, pues desde la edad de tres años he deseado entregarme a Dios.
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