Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 5

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La gracia de Navidad

Tramo 3 de 21

Letra pequeñaMedianaGrande

En aquella noche luminosa empezó pues el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más abundante en gracias del cielo. La obra que no había podido yo llevar a cabo durante tantos años, la realizó Jesús en un momento, contentándose con mi buena voluntad. Podía decir con los apóstoles: “Señor hemos pescado toda la noche sin lograr nada”. Y Jesús usando conmigo de más misericordia todavía que con sus discípulos, tomó El mismo la red, la echó, y la sacó llena de peces; hizo de mí un pescador de almas...

Entró la caridad en mi corazón junto con la necesidad de olvidarme perpetuamente de mí misma, y desde entonces fui dichosa.

Un domingo, al cerrar el devocionario después de terminada la Santa Misa, quedó algo fuera de la página, una estampa de Nuestro Señor crucificado, asomando tan sólo una de sus manos divinas perforadas y ensangrentadas. A su vista experimenté un sentimiento nuevo, inefable. Partióse mi corazón de dolor al contemplar aquella sangre preciosa que caía en tierra, sin que nadie se apresurara a recogerla, y resolví permanecer siempre en espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino de la salvación y esparcirlo después en las almas.

Desde aquel día el grito de Jesús moribundo: “¡Tengo sed!” resonaba a cada instante en mi corazón y lo encendía en un ardor vivísimo, hasta entonces para mí desconocido. Anhelaba dar de beber a mi Amado, sentíame yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores.

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