Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 6 de 14
Hasta entonces no había yo medido la profundidad de los tesoros escondidos en la santa Faz: mi Madrecita fue la que me enseñó a conocerlos. Como había precedido en el Carmena sus tres hermanas, así también había penetrado primero los misterios de amor ocultos en el Rostro de nuestro Esposo. Entonces me los descubrió y yo comprendí... comprendí como nunca lo que es la verdadera gloria. Aquel “cuyo reino no es de este mundo”. me enseñó que la única realeza apetecible consiste “en querer ser ignorado y tenido por nada” en poner su gozo en el desprecio de sí mismo. A semejanza de Jesús, quería yo que “mi rostro permaneciese escondido a todas las miradas, que nadie me conociera en la tierra”; tenía sed de padecer y de ser olvidada.
¡Qué misericordioso es el camino por donde me ha conducido siempre el Divino Maestro! Nunca me inspiró el deseo de alguna cosa sin luego dármela; por esto su amargo cáliz me ha parecido siempre delicioso.
Á fines de mayo de 1888, después de la hermosa fiesta de la profesión de María, nuestra hermana mayor, a quien Teresita, el Benjamín, tuvo privilegio de coronar de rosas el día de sus místicas nupcias, volvió la aflicción a visitar mi familia. Desde el primer ataque de parálisis que sufrió nuestro buen padre, veíamos que se fatigaba con mucha facilidad. Durante el viaje a Roma, noté a menudo que su fisonomía expresaba agotamiento de fuerzas y padecimientos. Pero lo que más me llamaba la atención eran sus admirables progresos en el camino de la santidad; había llegado a dominar completamente su natural viveza, por lo cual las cosas de la tierra ño hacían mella alguna en él.
Permítame Vuestra Reverencia, Madre mía, que a propósito de esto cite un pequeño ejemplo de su virtud.
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