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Santos ApóstolesParroquia · Santiago

Con los santos

Jesús, luz de mi alma

Quédate con nosotros, Señor

San John Henry Newman

Para pedir a Jesús que permanezca con nosotros y que su luz llegue a los demás a través de nuestra vida.

Quédate con nosotros, Señor, porque atardece.

Te adoro, Dios mío, como la luz verdadera y única. De eternidad en eternidad, antes de que existiera criatura alguna, cuando estabas solo —solo, pero no solitario, pues siempre has sido Tres en Uno—, tú eras la Luz infinita. Nadie te veía sino tú mismo. El Padre veía esa luz en el Hijo, y el Hijo en el Padre. Como eras en el principio, así eres ahora: por tu resplandor increado estás infinitamente por encima de toda criatura. Eres gloriosísimo, hermosísimo.

Tus atributos son como colores distintos y resplandecientes, cada uno tan perfecto en su pureza y su gracia como si fuera la única y suprema perfección. Todo lo creado no es sino una sombra de ti. Por luminosos que sean los ángeles, son sombras pobres y muy indignas de ti. Ante ti palidecen, se oscurecen y quedan en tinieblas. Son tan débiles junto a ti que no pueden mirarte. Los más altos serafines se cubren los ojos y proclaman, con sus actos y con sus palabras, tu gloria indecible.

Yo ni siquiera puedo mirar el sol, y ¿qué es este sino un humilde símbolo material de ti? ¿Cómo soportaría mirar a un ángel? ¿Cómo podría mirarte a ti y seguir viviendo? Si estuviera expuesto a la luz de tu rostro, me marchitaría como la hierba. Dios lleno de bondad, ¿quién puede acercarse a ti, tan glorioso? Y, sin embargo, ¿cómo podría permanecer lejos de ti?

¿Cómo podría permanecer lejos de ti? Pues tú, que eres la luz de los ángeles, eres la única luz de mi alma. Iluminas a toda persona que viene a este mundo. Sin ti estoy enteramente a oscuras, en tinieblas como las del infierno. Cuando estás lejos, desfallezco y me marchito. Solo revivo en la medida en que amaneces sobre mí. Vienes y vas según tu voluntad. Dios mío, no puedo retenerte; solo puedo suplicarte que te quedes. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Quédate hasta la mañana, y entonces no te vayas sin darme tu bendición. Permanece conmigo hasta la muerte en este valle oscuro, cuando terminarán las tinieblas.

Quédate, Luz de mi alma: ya atardece. La oscuridad, que no viene de ti, cae sobre mí. No soy nada; apenas tengo dominio de mí mismo. No puedo hacer lo que quisiera. Estoy desconsolado y triste. Me falta algo y no sé qué es. Eres tú quien me falta, aunque tan poco lo comprenda. Lo digo y lo acepto por la fe; lo entiendo en parte, pero muy pobremente.

Brilla sobre mí, oh Fuego que siempre arde y nunca se apaga. Así comenzaré, por tu luz y en ella, a ver la luz y a reconocerte verdaderamente como su fuente. Quédate con nosotros; quédate, dulce Jesús, quédate para siempre. En esta debilidad de la naturaleza, dame más gracia.

Quédate conmigo, y entonces comenzaré a brillar como tú brillas: a brillar de modo que sea luz para los demás. La luz, Jesús, vendrá toda de ti. Nada de ella será mío; ningún mérito será mío. Serás tú quien brille a través de mí sobre los demás. Permíteme alabarte de la manera que más amas: iluminando a todos los que me rodean. Dales luz a ellos y a mí; ilumínalos conmigo, a través de mí. Enséñame a manifestar tu alabanza, tu verdad y tu voluntad.

Haz que te anuncie sin predicar: no con palabras, sino con mi ejemplo y con la fuerza que comunica y atrae de lo que hago; con mi semejanza visible a tus santos y con la plenitud evidente del amor que mi corazón te tiene.

Sobre el texto y sus fuentes

Meditations and Devotions, parte III, VII, 3: Jesus the Light of the Soul. Traducción propia de la meditación completa del original inglés.

Algunas oraciones tienen variantes según la tradición local. Las indicaciones de esta página están pensadas para la oración personal y comunitaria.