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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Cristo se inclina para lavar el pie de Pedro, sentado junto a una jofaina, mientras los demás apóstoles observan sobre un fondo dorado.
El lavatorio de los piesEl mosaico de Hosios Loukas muestra a Jesús inclinado ante Pedro, mientras los demás discípulos observan. El Maestro toma el lugar del servidor y el agua espera en la jofaina. Esta escena pertenece a Juan 13 y ofrece una clave para escuchar al administrador de Lucas 12: la responsabilidad recibida se mide por el cuidado de las personas, no por el dominio sobre ellas. Quien ha sido servido por Cristo aprende a velar, repartir lo necesario y ejercer su tarea sin violencia ni abandono.Mosaístas anónimos · El lavatorio de los pies · Siglo XI (segundo cuarto, según fuente patrimonial griega). Imagen: Michel Bakni, vía Wikimedia Commons. Dominio público; reproducción PD-Art / Public Domain Mark ↗
← Volver a Homilía diariaMiércoles de la XXIX semana del Tiempo Ordinario

Cuidar lo que se nos confía

Los dones y responsabilidades recibidos son un encargo para cuidar. Esperar a Cristo exige fidelidad, humildad y rendición de cuentas.

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Evangelio del día

Lucas 12, 39-48

Los dones y responsabilidades recibidos son un encargo para cuidar. Esperar a Cristo exige fidelidad, humildad y rendición de cuentas.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaEfesios 3, 2-12
  2. SalmoIsaías 12, 2-6
  3. EvangelioLucas 12, 39-48

La Palabra

Lucas 12, 39-48

39 Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. 40 También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.» 41 Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» 42 Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? 43 Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. 44 De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. 45 Pero si aquel siervo se dice en su corazón: “Mi señor tarda en venir”, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, 46 vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. 47 «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; 48 el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.

Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia

Comentario pastoral

Cuidar lo que se nos confía

Miércoles 21 de octubre de 2026 Miércoles de la XXIX semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ferial II Lecturas: Efesios 3, 2-12; Isaías 12, 2-6; Lucas 12, 39-48

Pedro hace una pregunta muy comprensible: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Queremos saber a quién alcanza una advertencia, sobre todo cuando exige cambiar. Jesús responde mostrando a un administrador que debe entregar a los demás su alimento a tiempo. La pregunta se vuelve personal: ¿qué personas, qué bienes, qué tareas han quedado confiados a mi cuidado? Antes de mirar el encargo de otro, el Evangelio me invita a reconocer el que ya he recibido.

El término griego οἰκονόμος (oikonómos), «administrador», describe a quien se ocupa de una casa por encargo de su señor. En esta parábola, esa condición tiene una consecuencia decisiva: las personas y los bienes a su cargo no le pertenecen. Su fidelidad se reconoce en algo concreto, dar la ración conveniente cuando hace falta. No se elogia su capacidad de hacerse admirar ni de aumentar su poder. Se lo encuentra cumpliendo un servicio del que depende la vida cotidiana de otros.

El alimento a tiempo ofrece una medida sencilla del cuidado. Hay ayudas que pierden su utilidad cuando llegan demasiado tarde, y necesidades que permanecen invisibles porque nadie pregunta. Administrar bien incluye organizar, anticiparse y escuchar a quienes conocen de cerca el problema. La buena intención necesita convertirse en una atención eficaz y constante, capaz de aprender de sus errores.

La situación se corrompe cuando el servidor interpreta la ausencia del dueño como permiso para actuar sin límite. Empieza golpeando a quienes debía alimentar. Jesús no suaviza la gravedad de ese abuso. La espera de su venida desenmascara cualquier pretensión de convertir una responsabilidad en impunidad. Una comunidad cristiana ha de tomar muy en serio esta advertencia: proteger a quien es vulnerable, escuchar a quien denuncia un daño y exigir cuentas no debilita la comunión; ayuda a que sea verdadera.

San Gregorio Magno, en la Regla pastoral, II, 6, recuerda a quienes gobiernan que comparten la misma condición humana que aquellos a quienes sirven. Deben alegrarse de hacerles bien, no de estar por encima de ellos. Este Padre de la Iglesia conocía la tentación de confundir el cargo con la propia excelencia. Su enseñanza alcanza también una familia, un aula o un equipo de trabajo. La autoridad se vuelve más creíble cuando reconoce sus límites, acepta correcciones y procura el crecimiento de los demás.

El Concilio Vaticano II enseña en Lumen gentium, 27, que la autoridad de los obispos está destinada a edificar al pueblo en la verdad y en la santidad, siguiendo a Cristo servidor. Esa orientación ilumina nuestra vida eclesial entera. La confianza no elimina la responsabilidad; la hace más delicada. Un don de Dios nunca autoriza a apropiarse de las conciencias. Podemos orientar, enseñar y acompañar, pero hemos de respetar la dignidad y la libertad de quienes se nos acercan.

También necesitamos escuchar la buena noticia que sostiene esta exigencia. Cristo no se limitó a pedir fidelidad desde lejos. Se hizo servidor, entregó su vida en la cruz y resucitó para comunicarnos su Espíritu. Por él tenemos acceso confiado al Padre, como anuncia la carta a los Efesios. La gracia recibida nos hace capaces de servir y de rectificar cuando hemos fallado. El reconocimiento sincero de una culpa puede ser el comienzo de una reparación; esconderla solo aumenta el daño.

Las imágenes severas con que termina el pasaje expresan la seriedad del juicio y la responsabilidad proporcionada a lo que cada uno conoce y recibe. No son una autorización para castigar corporalmente o intimidar en nombre de Dios. Jesús dirige la advertencia precisamente a quien se siente con derecho a golpear. El juicio del Señor nos recuerda que el sufrimiento causado no queda fuera de su mirada, y que ningún título religioso puede reemplazar la conversión del corazón.

Hoy bastaría revisar una responsabilidad sin excusas. ¿He retenido una información necesaria? ¿He dejado esperando a alguien cuyo problema dependía de mí? ¿Uso mi cargo para servir o para asegurarme privilegios? Podemos dar una respuesta concreta: cumplir una tarea postergada, rendir cuentas con claridad o pedir perdón sin justificar lo injustificable. La fidelidad suele tener horarios, nombres y pequeños deberes. Esperamos al Señor cuidando su casa, y su casa está llena de personas. Que, al llegar, nos encuentre ocupados en alimentarlas, protegerlas y ayudarlas a vivir.

Sobre la palabra griega

οἰκονόμος (oikonómos): Sustantivo masculino en nominativo singular: nombra al administrador de la casa.

Oremos

Oración final

Señor, haznos fieles en lo que nos has confiado. Líbranos de abusar de la confianza y danos humildad para rendir cuentas, reparar el daño y cuidar a quienes necesitan protección. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.