Evangelio del día
Lucas 11, 29-32
Jesús, mayor que Jonás, nos invita a reconocer la presencia de Dios que ya nos llama. Su Pascua hace posible una conversión que libera y se expresa en un primer paso concreto.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaGálatas 4, 22-24. 26-27. 31—5, 1
- SalmoSalmo 112, 1-7
- EvangelioLucas 11, 29-32
La Palabra
Lucas 11, 29-32
29 Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. 30 Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. 31 La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. 32 Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
La señal que ya está entre nosotros
Lunes 12 de octubre de 2026 Lunes de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario · Memoria libre: Nuestra Señora del Pilar Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Lecturas: Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31—5, 1; Salmo 112, 1-7; Lucas 11, 29-32
Hay decisiones que aplazamos mientras esperamos una señal. Si las circunstancias fueran distintas, si desaparecieran nuestras dudas, si Dios hiciera algo extraordinario, entonces daríamos el paso. A veces esa espera expresa una búsqueda sincera. Otras veces protege una resistencia que preferimos no reconocer. Jesús conoce la diferencia y hoy nos invita a mirar lo que ya tenemos delante.
La multitud se reúne y pide una señal. El Señor recuerda a Jonás y a la reina del Mediodía: unos habitantes de Nínive escucharon la predicación y se convirtieron; una mujer recorrió un largo camino para recibir la sabiduría de Salomón. Personas que parecían lejanas supieron ponerse en camino. Quienes ahora escuchan a Jesús tienen ante sí algo mayor y, sin embargo, pueden permanecer inmóviles.
El Evangelio dice μετενόησαν, metenoēsan, «se convirtieron». La palabra describe aquí la respuesta de los ninivitas a una predicación recibida. Para nosotros abre una pregunta sencilla: ¿qué cambia en mi vida cuando escucho a Dios? La conversión alcanza la manera de pensar, pero también las relaciones, el uso del dinero y el tiempo que damos a quienes nos necesitan. Escuchar de verdad puede desordenar una comodidad antigua.
San Juan Crisóstomo, al comentar el pasaje paralelo de Mateo, advierte que una disposición cerrada puede volver inútiles incluso los signos más grandes. Su reflexión nos ayuda a reconocer que la dificultad no siempre está en la falta de evidencias. También podemos acostumbrarnos a exigir a Dios nuevas pruebas para evitar una respuesta que ya comprendemos. Esa advertencia debe volver primero sobre nosotros, sin convertirla en acusación contra quienes atraviesan dudas honestas.
Jesús es mayor que Jonás porque en Él se acerca el Hijo eterno hecho hombre. Su palabra lleva la autoridad y la misericordia de quien ha venido a salvarnos. El Concilio Vaticano II enseña en Dei verbum que Cristo culmina la revelación con toda su presencia, sus obras y, de manera suprema, con su muerte y resurrección. Dios ha comprometido su propio amor en nuestra historia. Podemos fiarnos de Él.
Lucas pone hoy el acento en la predicación de Jonás y en la conversión de Nínive. Desde la fe pascual de la Iglesia reconocemos en Jesús crucificado y resucitado la plenitud de esa llamada. El Salvador ha atravesado la muerte y vive. Por eso volver a Él nunca consiste solamente en lamentar el pasado: es acoger una vida que puede comenzar de nuevo, incluso donde nosotros creíamos haber agotado las posibilidades.
La primera lectura permite comprender hacia dónde nos conduce ese regreso. Pablo anuncia la libertad que Cristo nos ha alcanzado. Puede parecer extraño unir conversión y libertad, cuando estamos acostumbrados a pensar que cambiar significa perder algo. Sin embargo, sabemos cuánto esclaviza tener que aparentar, conservar un rencor o defender una mentira. La gracia nos libera para responder con verdad y amar sin tantas cadenas.
Esta libertad nace de la salvación recibida. No necesitamos conquistar el cariño de Dios mediante una conducta impecable antes de acercarnos. El Señor viene a buscarnos siendo pecadores y, al perdonarnos, hace posible una respuesta nueva. El sacramento de la Reconciliación ofrece un lugar concreto para ese encuentro: nombramos nuestro pecado, recibimos el perdón y comenzamos a reparar lo que ha quedado herido.
Tal vez hoy la señal que esperamos se encuentre en una palabra que hemos escuchado muchas veces. Sabemos que debemos pedir perdón, pero aguardamos el momento perfecto. Conocemos una necesidad cercana, pero esperamos sentir mayor generosidad. Advertimos que una costumbre nos encierra, pero imaginamos que mañana será más fácil. Conviene elegir un primer paso pequeño y verdadero, y pedir la ayuda necesaria para sostenerlo.
La reina del Mediodía tuvo que salir de su lugar para escuchar. También nosotros podemos necesitar esa humildad: aceptar un consejo, regresar a la comunidad o dedicar unos minutos al Evangelio sin buscar enseguida otra distracción. La sabiduría de Cristo suele encontrarnos cuando dejamos de imponerle el modo en que debe hablarnos.
Al comenzar esta semana, miremos al Señor que ya se nos entrega en su Palabra y en la Eucaristía. Su presencia sostiene lo que nos pide. Podemos poner ante Él nuestras dudas y, al mismo tiempo, ofrecerle la obediencia que hoy resulta posible. Allí empieza a crecer la libertad de los hijos: en un corazón que escucha, confía y se deja conducir.
Sobre la palabra griega
μετενόησαν (metenoēsan): Verbo en pasado (aoristo), tercera persona plural: narra la conversión de los ninivitas.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, abre nuestros ojos a tu presencia. Libéranos de las excusas que retrasan el amor y danos la humildad de volver a ti. Que tu perdón renueve nuestra libertad y nos ayude a dar hoy un paso verdadero. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


