Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaFilipenses 3, 17—4, 1
- SalmoSalmo 121, 1-5
- EvangelioLucas 16, 1-8
La Palabra
Lucas 16, 1-8
1 Decía también a sus discípulos: «Era un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda;
2 le llamó y le dijo: “¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando.”
3 Se dijo a sí mismo el administrador: “¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza.
4 Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas.”
5 «Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”
6 Respondió: “Cien medidas de aceite.” El le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta.”
7 Después dijo a otro: “Tú, ¿cuánto debes?” Contestó: “Cien cargas de trigo.” Dícele: “Toma tu recibo y escribe ochenta.”
8 «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Viernes 6 de noviembre de 2026
Ciudadanos del cielo, peregrinos en la tierra

Contemplar la imagen
Hacia la patria que Dios nos prepara
En esta miniatura medieval, un ángel vestido de blanco acompaña a san Juan hasta una montaña y le muestra la Jerusalén celestial. El evangelista aparece descalzo, con el cuerpo ligeramente inclinado y el rostro rodeado por un nimbo dorado. Ante ambos, la ciudad se presenta sobre una nube azul y blanca, con altas torres, puertas y una franja de piedras preciosas en sus cimientos. El artista empleó pan de plata para representar su esplendor.
Podemos reconocer en esta escena una imagen de nuestra peregrinación. Los pies de Juan descansan todavía sobre la tierra, mientras se le revela la patria que Dios prepara. La presencia del ángel sugiere el cuidado con que el Señor acompaña nuestro camino. Y la ciudad que desciende del cielo recuerda que la plenitud esperada es un don de Dios.
Contemplar esa patria puede sostener nuestra esperanza en medio de las fatigas de cada día. Sabemos hacia quién caminamos. La promesa de vivir en comunión con Dios nos invita a recorrer esta tierra con confianza y a cuidar, con mayor amor, a quienes peregrinan junto a nosotros.
El Evangelio de hoy nos presenta a un hombre al que se le pide rendir cuentas. Ha administrado mal los bienes de su señor y está a punto de perder su puesto. De pronto, aquello que parecía seguro se acaba. Entonces se pregunta: «¿Qué haré?». También nosotros podemos vivir mucho tiempo sin preguntarnos qué estamos haciendo con lo que hemos recibido. Una dificultad, una pérdida o una palabra que nos alcanza pueden despertarnos y ayudarnos a mirar nuestra vida con mayor verdad.
El administrador comprende que necesita actuar. Al terminar el relato, su señor lo alaba porque ha obrado astutamente. Lucas utiliza aquí la palabra φρονίμως, que expresa sensatez y previsión práctica. El personaje sigue siendo llamado injusto; la alabanza recae sobre su capacidad de advertir lo que se aproxima y tomar una decisión. Jesús nos interpela: ¿ponemos al servicio del Evangelio la misma atención y energía que dedicamos a asegurar nuestros propios intereses?
La pregunta del administrador puede convertirse hoy en nuestra oración: Señor, ¿qué haré con lo que me has confiado? Hemos recibido tiempo, capacidades, bienes y oportunidades de servir. Necesitamos una luz que nos ayude a administrar todo esto con sabiduría, sin olvidar hacia dónde caminamos.
El salmo nos ofrece esa luz con la alegría de quienes suben a Jerusalén: «Vamos alegres a la casa del Señor». Al comentar este salmo en Montserrat, san Juan Pablo II evocaba el gozo de emprender la peregrinación y de llegar a la meta esperada. Y decía: «La virtud del peregrino es la esperanza».
Somos peregrinos en esta vida. No caminamos sin rumbo: Dios nos llama a su casa. La esperanza nos permite mirar más allá de las dificultades y orienta desde ahora nuestras decisiones. Nos ayuda a administrar nuestro tiempo y nuestros bienes recordando que lo que permanece es el amor.
En aquella misma homilía, Juan Pablo II recogía unas palabras de san Agustín acerca del Señor: «Él sólo es la esperanza aquí y la realidad allí». En medio de nuestras inseguridades, el Señor permanece fiel. Su gracia despierta el deseo de volver a él y sostiene los pasos que solos no logramos dar. Incluso cuando reconocemos que hemos administrado mal lo recibido, podemos acudir a su misericordia, confesar la verdad y comenzar a reparar el daño.
La primera lectura ensancha esta esperanza. San Pablo nos dice: «Nosotros somos ciudadanos del cielo». Esperamos a Jesucristo, que transfigurará nuestro cuerpo a semejanza del suyo glorioso. La meta de nuestra peregrinación es la comunión con él, y su promesa abraza nuestra humanidad entera.
Ser ciudadanos del cielo no nos aleja de esta tierra. Al contrario, nos enseña a vivir en ella con una sabiduría nueva: cuidar el cuerpo, acompañar al enfermo, trabajar con honradez y compartir el pan. La esperanza de la resurrección nos ayuda a vivir el presente con libertad, sin entregar el corazón a lo que pasa.
Quizá hoy necesitamos reconocer una injusticia, cumplir una responsabilidad descuidada o hacernos presentes junto a alguien que espera nuestra ayuda. La esperanza cristiana nos mueve a dar ese paso. Podemos comenzar con humildad, pedir perdón cuando sea necesario y dejarnos ayudar por la comunidad. Caminamos juntos hacia la casa del Padre, aprendiendo a cuidar de quienes comparten el camino.
En la Eucaristía recibimos a aquel que entregó su vida por nosotros. Cristo se nos da y nos enseña a darnos. Su amor alimenta nuestra marcha y nos concede reconocer, en las decisiones de cada día, una ocasión para vivir como hijos de la luz.
Pidamos al Señor que la esperanza sea nuestra sabiduría: que, conscientes de ser ciudadanos del cielo y peregrinos en esta vida, sepamos administrar con amor cuanto ha puesto en nuestras manos.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

