Evangelio del día
Lucas 11, 27-28
La alabanza de una mujer abre una bienaventuranza para todos: recibir la Palabra y dejar que acompañe nuestras decisiones. María nos precede en esta escucha creyente, sostenida por la gracia.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaGálatas 3, 22-29
- SalmoSalmo 104, 2-7
- EvangelioLucas 11, 27-28
La Palabra
Lucas 11, 27-28
27 Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» 28 Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.»
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
La dicha de escuchar y guardar
La voz de una mujer entre la gente
Una mujer levanta la voz mientras Jesús está hablando. Lucas no nos dice su nombre ni añade detalles sobre su vida. Nos permite escuchar su admiración: dichosa la madre que llevó a este hombre en su seno y lo alimentó. Aquella mujer reconoce algo hermoso en Jesús y bendice a quien lo trajo al mundo.
Su alabanza tiene una cercanía muy humana. Hay personas cuya bondad nos hace pensar con gratitud en quienes las cuidaron. Una paciencia aprendida en casa, una palabra recibida a tiempo o una mano que sostuvo la infancia pueden seguir dando fruto muchos años después. El Evangelio deja resonar esa gratitud, con toda la realidad corporal y afectiva que pertenece a la maternidad.
La respuesta de Jesús lleva la conversación hacia una dicha que también puede recibir aquella mujer: escuchar la Palabra de Dios y guardarla. La bendición alcanza a quienes están delante de Él. Nadie necesita mirar desde lejos una felicidad que pertenece únicamente a otra persona. El Señor está ofreciendo a sus oyentes una relación verdadera con Dios.
María conoce ese camino
Podríamos escuchar la respuesta como si Jesús disminuyera a su madre. San Agustín ayuda a comprenderla de otra manera. En su tratado sobre la santa virginidad explica que María es dichosa por haber acogido la fe de Cristo; llevó al Hijo en su corazón con una entrega creyente. Su maternidad y su escucha pertenecen a una misma vida ofrecida a Dios.
El Concilio Vaticano II recoge expresamente este pasaje al presentar a María como peregrina en la fe. Ella recibió y conservó la Palabra, y avanzó en su unión con Jesús hasta la cruz. Guardar lo escuchado incluyó atravesar momentos que todavía no comprendía. Su fidelidad tuvo preguntas, espera y dolor; permaneció abierta al misterio del Hijo.
Benedicto XVI, en Verbum Domini, contempla también en María la relación viva entre la Palabra y la fe. La Madre del Señor nos enseña a recibir lo que Dios dice con una disponibilidad que compromete la existencia. Esa escucha puede crecer en nosotros. El Espíritu que obró en ella sigue ayudando a la Iglesia a creer y responder.
La palabra que seguimos llevando
Guardar una palabra exige algo más que recordarla exactamente. Pensemos en una promesa importante que alguien nos hizo. Si le damos crédito, empezamos a vivir de otra manera: esperamos, tomamos decisiones y atravesamos una dificultad sostenidos por esa confianza. Lo escuchado permanece activo dentro de nuestra historia.
Así puede suceder con el Evangelio. Escuchamos que somos llamados a perdonar, y aquella palabra vuelve cuando se presenta una ocasión de hablar con dureza. Escuchamos que el Padre conoce nuestras necesidades, y la recordamos al despertar preocupados. Escuchamos la dignidad del pequeño, y comenzamos a advertir a una persona que antes pasaba inadvertida. La Palabra guardada encuentra una hora concreta para dar fruto.
También conocemos nuestra distracción. Terminamos una lectura y enseguida otra voz ocupa todo el espacio. A veces entendemos bien lo que Jesús pide, pero lo dejamos pendiente. Reconocerlo con humildad puede convertirse en oración: Señor, ayúdame a conservar lo que hoy me has dicho; despierta de nuevo mi atención cuando llegue el momento de vivirlo.
La bienaventuranza que Jesús anuncia no es un premio reservado a quienes jamás se distraen o fallan. Su gracia nos llama a escuchar otra vez y sostiene nuestra respuesta. Podemos volver al texto, pedir que nos lo expliquen, compartirlo en comunidad y reconocer dónde hemos resistido. Cada regreso puede abrir una obediencia más confiada.
Este sábado podríamos guardar una sola frase del Evangelio y darle tiempo. Tal vez convenga escribirla, repetirla al comenzar una tarea o llevarla a un breve momento de oración. Después, cuando una relación o decisión nos reclame, preguntémonos qué nos invita a hacer esa palabra. Escuchar empieza a convertirse en cuidado, verdad y servicio.
La mujer que alzó la voz recibió una invitación que también llega a nosotros. La dicha que admiraba estaba siendo ofrecida a su propia vida. Con María podemos acercarnos a Jesús, escuchar con atención y confiarle lo que aún no entendemos. Pidamos que su Palabra encuentre en nuestra casa y en nuestro corazón un lugar donde permanecer.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, abre nuestros oídos a tu Palabra y ayúdanos a guardarla en el corazón. Con María queremos confiar en ti también cuando no comprendemos. Danos tu Espíritu para que lo escuchado se vuelva fidelidad, cuidado del prójimo y una vida disponible a tu voluntad. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


