Evangelio del día
Lucas 12, 54-59
Jesús nos invita a reconocer el tiempo de su visita y a dar hoy el paso posible hacia la reconciliación, con verdad y protección de quien sufre.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaEfesios 4, 1-6
- SalmoSalmo 23, 1-6
- EvangelioLucas 12, 54-59
La Palabra
Lucas 12, 54-59
54 Decía también a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: “Va a llover”, y así sucede. 55 Y cuando sopla el sur, decís: “Viene bochorno”, y así sucede. 56 ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? 57 «¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? 58 Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. 59 Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
ANTES DE QUE SE NOS ACABE EL CAMINO
Para ir a corregir a otro, abba Moisés llevó un cántaro agujereado.
Cuentan los Padres del desierto que un hermano había cometido una falta y los monjes se reunieron para tratar el asunto. Llamaron a Moisés. Él tomó un cántaro que perdía agua, lo llenó y llegó llevándolo consigo. Ante la extrañeza de los demás, explicó el sentido de aquel gesto: sus propias faltas quedaban detrás, sin que él las viera, mientras acudía a juzgar las de otro. Los hermanos comprendieron y perdonaron al que había faltado.
El cántaro dio la homilía antes de que Moisés abriera la boca.
A veces nos sucede lo mismo: tenemos una vista admirable para descubrir lo que otro debería cambiar y una distracción sorprendente para reconocer lo que Dios nos pide a nosotros. Jesús toca hoy esa contradicción. Sabemos interpretar las nubes y el viento. Nos preparamos para la lluvia y para el calor. Pero podemos dejar pasar, sin reconocerlo, el momento de su visita.
No nos reprocha mirar el cielo. Nos pregunta por qué no miramos con la misma atención nuestra vida.
En el Evangelio, «este tiempo» no es una fecha misteriosa que debamos descifrar. Es el tiempo de Jesús: Dios se ha acercado, el Reino está siendo anunciado, la misericordia llama a la puerta. Lo decisivo no es adivinar qué sucederá mañana, sino reconocer a quién tenemos delante hoy. Tal vez un hijo que lleva tiempo intentando hablarnos; una persona a la que debemos una explicación; alguien que necesita ayuda y a quien hemos reducido a una molestia. Podemos enterarnos de todo y no escuchar lo esencial.
El Concilio Vaticano II invita a examinar los signos de la época a la luz del Evangelio. No dice que cualquier acontecimiento sea una orden de Dios ni que nuestras primeras impresiones sean infalibles. Discernir requiere conocer los hechos, escuchar, orar y dejarnos corregir por Cristo. También exige una pregunta incómoda: ¿estoy buscando la voluntad de Dios o una razón piadosa para seguir haciendo lo que quiero?
Hay momentos en que esa pregunta se vuelve especialmente difícil. Cuando estamos heridos, cuando algo parece injusto, cuando se nos cierra una puerta que daba sentido a nuestros días.
El Padre Pío conoció una prueba así. En junio de 1931 recibió la prohibición de confesar y de celebrar la misa públicamente; podía celebrarla en la capilla interior del convento. Su superior cuenta que, al conocer la decisión, levantó los ojos y dijo: «¡Hágase la voluntad de Dios!». Después se cubrió los ojos. Más tarde volvió al coro y permaneció rezando hasta pasada medianoche.
No hace falta añadir nada espectacular a esa escena. Un hombre al que le han impedido ejercer aquello a lo que había entregado su vida vuelve a ponerse ante Dios. La oración no le ahorra el dolor. Le ofrece dónde llevarlo.
Sería demasiado fácil decir que los santos siempre saben exactamente qué hacer. Su santidad no consiste en disponer de una explicación inmediata para todo. El Padre Pío cultivó la oración y buscó acompañamiento espiritual. Su testimonio nos invita a no decidir únicamente desde la herida: antes de responder, volver a Cristo; antes de dejar que el resentimiento nos gobierne, poner ante Él lo que nos está ocurriendo.
Esto no significa llamar bueno a cualquier sufrimiento ni aceptar como voluntad de Dios toda conducta humana. Mucho menos obliga a callar un abuso, renunciar a la justicia o permanecer donde existe peligro. Buscar protección, pedir ayuda y exigir que se esclarezca la verdad pueden ser precisamente el paso que necesitamos dar. La mansedumbre cristiana no consiste en dejar indefenso al débil.
Jesús nos ofrece después una imagen muy concreta: dos adversarios van de camino hacia el magistrado. Todavía hay tiempo para arreglarse. Todavía pueden hacer algo antes de que el conflicto siga avanzando.
Qué importante es ese «todavía».
Todavía puedes reconocer que te equivocaste. Todavía puedes devolver lo que retuviste. Todavía puedes escuchar sin preparar al mismo tiempo tu defensa. Todavía puedes pedir consejo para afrontar una situación que no sabes resolver. No todo depende de ti y no toda relación podrá recuperarse. Pero hay una parte de la respuesta que nadie puede dar en tu lugar.
A veces esperamos sentirnos completamente dispuestos para dar ese paso. Esperamos que desaparezca el orgullo, que el otro se adelante, que llegue el momento perfecto. Mientras tanto, la distancia crece. El Evangelio nos llama a una libertad más humilde: no hace falta tener resuelta toda la historia para comenzar a obrar con verdad.
La carta a los Efesios nos habla hoy de humildad, mansedumbre y paciencia para conservar la unidad. Esa unidad no se construye haciendo como si nada hubiera pasado. Necesita verdad, reparación y tiempo. Necesita también que dejemos de alimentar cada día aquello que nos separa. Hay heridas que requieren ayuda y un proceso largo; hay otras a las que seguimos añadiendo una palabra amarga para no perder la razón.
Moisés llegó con un cántaro que lo dejaba a él en evidencia. El Padre Pío volvió a la oración con el dolor que acababa de recibir. Son experiencias distintas, pero ambas nos ayudan a preguntarnos cómo entramos nosotros en un conflicto: ¿como quien no tiene nada que revisar, o como quien también necesita ser sostenido por la gracia?
Porque el centro de esta palabra no es nuestro esfuerzo por convertirnos en personas impecables. Es Cristo, que ha venido a reconciliarnos con el Padre. En la cruz no contemplamos a un Dios que espera nuestra perfección para acercarse, sino al Hijo que se entrega por nosotros cuando todavía necesitamos ser rescatados. Su perdón no disimula el mal: abre una posibilidad nueva para quien lo reconoce y desea cambiar.
Por eso podemos acudir al sacramento de la Reconciliación sin llevar una vida ya arreglada. Vamos precisamente porque no podemos arreglarla solos. Recibimos una misericordia que nos devuelve al camino y nos da fuerzas para asumir nuestra responsabilidad.
Antes de terminar este día, pongamos ante el Señor una situación concreta. Una sola. No repasemos primero todo lo que el otro debería hacer. Preguntemos: «Señor, ¿cuál es el paso verdadero que me corresponde ahora?». Tal vez sea una disculpa sin excusas, una llamada, una reparación o pedir ayuda. Si todavía no podemos hablar serenamente, comencemos por dejar de alimentar la ofensa y busquemos cómo preparar esa conversación.
El cántaro de Moisés sigue perdiendo agua. También nosotros necesitamos misericordia. Reconocerlo no nos quita dignidad: nos permite caminar de otra manera.
Todavía estamos de camino. Todavía es tiempo de responder al amor de Dios.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, enséñanos a reconocer tu visita. Cuando el orgullo nos cierre los ojos, danos humildad; cuando el dolor nos confunda, ayúdanos a volver a ti. Danos valentía para buscar la verdad, reparar el daño y proteger a quien sufre. Que no dejemos para mañana el bien que tu gracia nos permite hacer hoy. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


