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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Cristo, con nimbo claro y túnica rojiza, lleva una oveja sobre los hombros y sostiene sus patas con ambas manos.
Buen PastorLa oveja está cerca del rostro y sostenida por las manos del pastor. El amor se vuelve carga compartida, cercanía y cuidado de alguien concreto. Al unir el amor a Dios y al prójimo, el Evangelio nos llama a dar a ese cuidado un lugar en nuestros gestos cotidianos.Kiko Argüello · Buen Pastor · Archivo visual de la Parroquia Santos Apóstoles ↗
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Un solo amor abre dos puertas

El amor a Dios y al prójimo orienta toda la vida cristiana. La gracia recibida en Cristo hace posible una caridad concreta, que alcanza hasta la fragilidad del otro.

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Evangelio del día

Mateo 22, 34-40

El amor a Dios y al prójimo orienta toda la vida cristiana. La gracia recibida en Cristo hace posible una caridad concreta, que alcanza hasta la fragilidad del otro.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaÉxodo 22, 20-26
  2. SalmoSalmo 17, 2-4. 47. 51
  3. Segunda lectura1 Tesalonicenses 1, 5-10
  4. EvangelioMateo 22, 34-40

La Palabra

Mateo 22, 34-40

34 Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, 35 y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: 36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» 37 El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Este es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»

Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia

Comentario pastoral

Un solo amor abre dos puertas

Domingo 25 de octubre de 2026 XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ferial II Lecturas: Éxodo 22, 20-26; Salmo 17, 2-4. 47. 51; 1 Tesalonicenses 1, 5-10; Mateo 22, 34-40

La pregunta busca poner a prueba a Jesús: entre tantos preceptos, ¿cuál es el mayor? Él responde desde la Escritura de Israel y reúne el amor a Dios con el amor al prójimo. No aparta la Ley y los Profetas; muestra aquello de lo que dependen. Todo debe orientarnos hacia esa relación viva. Podemos conocer muchas normas, cumplir numerosos gestos religiosos y, sin embargo, perder de vista a Aquel a quien nos conducen y al hermano que nos pone delante.

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Ese todo no exige sentir a cada instante una emoción intensa. Pide que ninguna zona de nuestra vida quede deliberadamente cerrada a Dios: las decisiones económicas, los afectos, las heridas, el uso del tiempo y la manera de pensar. Amar al Señor incluye buscarlo con la inteligencia y confiarnos a él cuando no entendemos. Podemos presentarle incluso nuestra dificultad para amarlo; la sinceridad también abre una puerta a su gracia.

Jesús añade un segundo mandamiento semejante al primero: amar al prójimo como a uno mismo. La misma forma verbal griega, ἀγαπήσεις (agapḗseis), «amarás», aparece en ambos. La repetición ayuda a escuchar la unidad de la respuesta. No establece que todo afecto humano nazca de una palabra especial reservada a creyentes. Aquí el amor recibe su orientación del Dios al que pertenecemos y de la persona concreta que debemos reconocer como prójimo. Nadie se vuelve prescindible porque sea incómodo o no pueda correspondernos.

La primera lectura pone rostro a ese mandamiento: el extranjero, la viuda, el huérfano, quien pide un préstamo porque es pobre y quien necesita recuperar su manto para dormir. Son situaciones donde alguien dispone de poder sobre la fragilidad de otro. El Señor escucha el clamor del oprimido. Por eso nuestro amor a Dios tiene consecuencias en un contrato, en un salario y en el modo de cobrar una deuda. La compasión bíblica llega hasta la noche de quien se quedaría sin abrigo.

Amar como a uno mismo incluye reconocer que también nosotros necesitamos cuidado. No honra a Dios despreciar la propia vida ni permitir que otro la maltrate. Desde la dignidad recibida aprendemos una reciprocidad sana: podemos dar, recibir, pedir ayuda y poner límites que protejan el bien de todas las personas implicadas.

San Agustín enseña en La doctrina cristiana, I, 36, que una comprensión de la Escritura que no edifique el amor a Dios y al prójimo todavía no ha alcanzado su finalidad. Este criterio no permite inventar cualquier interpretación que nos parezca amable. Nos obliga a leer con fidelidad y a preguntarnos por sus frutos. Si utilizamos la Biblia para alimentar el desprecio o para justificar nuestra indiferencia, necesitamos volver a escucharla con un corazón más dócil.

Benedicto XVI, en Deus caritas est, 18, explica que el encuentro con Dios nos enseña a mirar al otro desde Cristo; a su vez, servir al prójimo hace más sensible nuestra relación con Dios. Hay una circulación fecunda entre oración y caridad. Ante el Señor aprendemos a reconocer a quien habíamos reducido a una etiqueta. Al acercarnos a esa persona descubrimos necesidades que vuelven más verdadera nuestra oración. La piedad se hace concreta y el servicio encuentra una fuente que no se agota en nuestro entusiasmo.

Antes de mandarnos amar, Dios nos ha amado. El Hijo se hizo hombre, entregó su vida por nosotros y resucitó para que participemos de su vida. El Espíritu derrama en nuestros corazones una caridad que no podemos producir a voluntad. Por eso el mandamiento puede ser también una promesa de transformación. Cuando nuestros recursos afectivos parecen pequeños, podemos pedir el don de amar y comenzar por una obra posible. Una escucha atenta o una ayuda justa pueden preceder al sentimiento que todavía no llega.

Hoy conviene unir dos tiempos que a veces separamos: estar con Dios y estar disponibles para alguien. Después de orar, busquemos un gesto concreto que esa oración pueda sostener. Y después de servir, llevemos ante el Señor el nombre y la necesidad de la persona encontrada. No hace falta exhibir el gesto. En la mesa eucarística, Cristo reúne a quienes han recibido el mismo amor y los envía a compartirlo. La medida de una comunidad viva no será solo cuánto organiza, sino cuánto ayuda a que nadie quede fuera de su cuidado.

Sobre la palabra griega

ἀγαπήσεις (agapḗseis): Futuro, segunda persona singular, con sentido de mandato: amarás.

Oremos

Oración final

Dios de amor, recibe nuestro corazón entero. Enséñanos a reconocerte en la oración y a servirte en el prójimo. Que tu Espíritu haga crecer una caridad humilde, justa y perseverante. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.