Evangelio del día
Lucas 11, 15-26
Jesús desenmascara la sospecha que rechaza el bien y anuncia la llegada del Reino. La libertad que recibimos de Él necesita ser acogida y cuidada en una vida de oración, comunión y decisiones concretas.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaGálatas 3, 7-14
- SalmoSalmo 110, 1-6
- EvangelioLucas 11, 15-26
La Palabra
Lucas 11, 15-26
15 Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios.» 16 Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. 17 Pero él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. 18 Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?.. porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. 19 Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. 20 Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. 21 Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; 22 pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos.» 23 «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. 24 «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí.” 25 Y al llegar la encuentra barrida y en orden. 26 Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.»
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Alegrarnos del bien que Cristo hace
Cuando nos cuesta alegrarnos del bien
Hermanos, Jesús ha expulsado un demonio y algunos de los presentes responden con una acusación. Ven una obra que libera, pero la atribuyen al príncipe de los demonios. Otros piden una señal del cielo. Lo que sucede delante de ellos parece insuficiente. El Evangelio deja al descubierto una resistencia inquietante: podemos tener el bien ante los ojos y encontrar una razón para rechazarlo.
Conviene detenernos aquí. Cuando alguien que nos resulta difícil comienza a cambiar, ¿podemos alegrarnos? Tal vez recordamos enseguida su pasado o sospechamos de sus motivos. También puede incomodarnos que una ayuda llegue por medio de otra persona, fuera de nuestros planes. La sospecha termina ocupando el lugar de la gratitud. Jesús quiere sanar esa mirada, porque un corazón empeñado en desacreditar el bien se cierra a reconocer la visita de Dios.
El Reino ya ha llegado
El Señor responde mostrando que un reino dividido se destruye. Después conduce la discusión hacia lo decisivo: si expulsa los demonios por el dedo de Dios, el Reino ha llegado a sus oyentes. La liberación manifiesta que Dios está actuando. Su cercanía alcanza a una persona sometida por el mal y abre para ella una posibilidad de vida.
La imagen del hombre fuerte permite comprender quién tiene la iniciativa. Un guardián armado se cree seguro dentro de su palacio, hasta que llega alguien más fuerte y lo vence. Cristo se presenta como ese vencedor. Nuestra esperanza descansa en Él. El mal es real, pero carece de la última palabra sobre quienes el Señor viene a rescatar.
San Atanasio, al meditar sobre la Encarnación del Verbo, explica que el Hijo asumió nuestra condición mortal para librarnos de la corrupción y de la muerte. Su victoria pasa por haberse acercado hasta nuestra pobreza y haber entregado su vida. Cuando miramos la cruz, reconocemos hasta dónde ha llegado el Salvador para encontrarnos. Podemos pedir su ayuda sin fingir que ya somos fuertes.
El Concilio Vaticano II enseña que el ser humano descubre dentro de sí una lucha que no consigue resolver con sus solas fuerzas, y que el Señor viene a liberarlo y renovarlo. Esta enseñanza nos ayuda a rezar con verdad: Señor, aquí está aquello que me domina; aquí está la libertad que necesito recibir de ti.
Una casa que necesita cuidado
La última escena del Evangelio es una advertencia. El espíritu que había salido vuelve y encuentra la casa barrida y ordenada. La limpieza exterior, por sí sola, no ha garantizado una vida nueva. La persona liberada necesita permanecer unida a quien la liberó y aprender a vivir desde esa relación.
A veces reconocemos algo parecido en nuestras decisiones. Abandonamos una costumbre que hacía daño, pero dejamos intactas las ocasiones que la alimentaban. Pedimos perdón y luego evitamos la conversación necesaria para reparar. Prometemos una vida más recogida mientras seguimos reservando a Dios únicamente el tiempo que sobra. El comienzo ha sido bueno; ahora necesita raíces y cuidado.
El papa Francisco, en Gaudete et exsultate, advierte del adormecimiento espiritual de quien se considera a salvo porque no reconoce faltas graves. Podemos acostumbrarnos a una vida ordenada por fuera y perder lentamente el deseo de amar. Por eso la vigilancia cristiana incluye la oración, los sacramentos y la atención a las pequeñas decisiones con las que abrimos o cerramos el corazón.
Leamos también este Evangelio con prudencia y respeto por quienes sufren. Habla de la victoria de Cristo sobre el maligno; no nos autoriza a llamar posesión a cualquier enfermedad o dificultad psicológica. Una persona herida necesita ser escuchada y recibir la ayuda adecuada. La fe nos mueve a acompañarla, sin aumentar su carga con juicios temerarios.
Hoy podríamos elegir un lugar concreto de nuestra vida que necesita ser cuidado. Si hemos comenzado una reconciliación, demos el siguiente paso. Si una costumbre nos esclaviza, pidamos acompañamiento y pongamos un límite posible. Si vivimos aislados, acerquémonos a la comunidad. La libertad recibida crece cuando dejamos que la gracia alcance también nuestros horarios, relaciones y decisiones.
Y cuando veamos un bien auténtico, aunque haya llegado por un camino inesperado, demos gracias. El Señor sigue reuniendo lo que estaba disperso. Pidámosle una mirada capaz de reconocer su obra y un corazón dispuesto a permanecer con Él.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, vencedor del pecado y de la muerte, líbranos de aquello que nos esclaviza. Danos humildad para pedir ayuda, gratitud para reconocer el bien y perseverancia para cuidar la libertad que recibimos de ti. Que tu Espíritu habite en nosotros y nos enseñe a caminar contigo. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


