Evangelio del día
Lucas 14, 1. 7-11
Jesús observa cómo los invitados buscan los lugares de honor y nos invita a recibir la vida como un don. La humildad libera del afán de reconocimiento y permite servir con verdad.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaFilipenses 1, 15. 18-26
- SalmoSalmo 41, 2-3. 5
- EvangelioLucas 14, 1. 7-11
La Palabra
Lucas 14, 1. 7-11
1 Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. 7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: 8 «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, 9 y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. 10 Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. 11 Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
La libertad de no disputar el primer puesto
Sábado 31 de octubre de 2026 Sábado de la XXX semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Primera lectura: Filipenses 1, 15. 18-26 Salmo: Salmo 41, 2-3. 5 Evangelio: Lucas 14, 1. 7-11
El lugar que queremos ocupar
En una comida, Jesús observa que los invitados eligen los primeros puestos. No necesita que expliquen sus intenciones: la elección de un asiento ya dice algo acerca del lugar que desean ocupar ante los demás. Entonces propone una parábola. Quien se adelanta a tomar el puesto de honor puede tener que cederlo; quien acepta el último queda disponible para la invitación del anfitrión.
La escena resulta cercana aunque nuestras mesas tengan otras costumbres. Podemos disputar el primer lugar en una conversación, sentirnos heridos porque no mencionaron nuestra colaboración o medir continuamente cuánto reconocimiento recibe otra persona. A veces seguimos cumpliendo todas nuestras tareas, pero por dentro estamos pendientes de una comparación que no nos deja descansar.
Jesús termina con una palabra que va más allá de las reglas de una comida: «Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» Está en juego nuestra manera de situarnos ante Dios. La vida recibida de Él no puede transformarse en una competencia por demostrar quién merece más.
En una mesa recibimos el alimento y la compañía que alguien ha querido compartir. La primera verdad de los invitados es que han sido llamados. Recordarlo cambia la mirada: los demás comensales pueden dejar de parecernos rivales y empezar a ser hermanos con quienes agradecer el mismo don. Hay lugar para una alegría que no necesita desplazar a nadie.
Aceptar que somos invitados
En el texto griego, ταπεινῶν, tapeinōn, forma parte de la expresión que escuchamos como «el que se humille». Describe aquí a quien se abaja a sí mismo. El conjunto de la parábola orienta ese gesto hacia una disposición del corazón: dejar de apropiarnos del honor y aceptar que el lugar en la mesa se recibe como invitación.
Podríamos convertir el último puesto en una maniobra: sentarnos abajo para que todos vean cómo nos hacen subir. Seguiríamos buscando lo mismo con un procedimiento más discreto. La humildad que Jesús enseña alcanza nuestra intención. Nos libera para hacer el bien aunque nadie cambie después nuestro asiento ni anuncie cuánto hemos servido.
San Agustín, en su carta a Dioscoro, enseña que la humildad debe preceder, acompañar y seguir nuestras buenas acciones. Advierte que el orgullo puede arrebatarnos el fruto de una obra cuando empezamos a complacernos en ella. Su consejo invita a cuidar también lo que sucede en el corazón después de haber hecho algo bueno.
Por eso necesitamos la gracia incluso cuando acertamos. El Padre nos ama antes de que podamos exhibir un mérito. Su Hijo se acercó a nuestra pobreza, se hizo servidor y entregó su vida por nosotros. En su resurrección reconocemos la victoria de ese amor. Unidos a Él podemos dejar de sostener nuestra identidad sobre la aprobación de los demás.
Una humildad que sirve
El papa Francisco, en Gaudete et exsultate, advierte contra la costumbre de mirar a otros desde arriba y de juzgarlos sin misericordia. Presenta una humildad que acepta tareas poco visibles y sabe alegrarse por el bien ajeno. También recuerda que una persona liberada del egocentrismo puede reclamar justicia y defender a los débiles con valentía.
Esta última precisión importa. Ser humilde no consiste en negar nuestros dones, permitir abusos o callar una verdad necesaria. Podemos reconocer una capacidad y ponerla al servicio de otros; podemos pedir un trato justo sin despreciar a nadie. Lo que necesita conversión es la pretensión de convertir nuestros dones o derechos en una superioridad sobre los hermanos.
En la primera lectura, Pablo contempla su vida desde la unión con Cristo y el bien de la comunidad. Desea estar con el Señor y, al mismo tiempo, reconoce lo que su permanencia puede aportar a la fe de sus hermanos. Esa disponibilidad desplaza la pregunta por el propio prestigio: importa que Cristo sea anunciado y que los demás crezcan.
Examinemos una ocasión concreta de esta semana. ¿Podemos reconocer la aportación de alguien sin añadir inmediatamente la nuestra? ¿Aceptar una corrección antes de defendernos? ¿Escuchar hasta el final a quien suele quedar interrumpido? Son ejercicios pequeños que revelan cuánta libertad tenemos para compartir la mesa sin adueñarnos de ella.
Al terminar este mes, demos gracias también por el bien que otros han hecho y que quizá no supimos reconocer. Podemos decírselo con sencillez. El Señor conoce las obras escondidas y los esfuerzos que nadie aplaudió. Su amistad basta para sostener nuestra dignidad. Desde esa confianza, ocupar el lugar disponible puede convertirse en una manera serena de amar.
Sobre la palabra griega
ταπεινῶν (tapeinōn): Participio presente activo: se refiere a quien se humilla; la frase añade a sí mismo.
Oremos
Oración final
Padre bueno, gracias por invitarnos a tu mesa. Líbranos de la comparación y del afán de reconocimiento. Danos la humildad de Jesús para agradecer nuestros dones, alegrarnos por los ajenos y servir con libertad, buscando siempre el bien de nuestros hermanos. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


