Evangelio del día
Lucas 13, 10-17
Jesús ve a una mujer encorvada, la llama y la libera. En su cuidado descubrimos el valor de cada persona y aprendemos a honrar a Dios sin dejar esperando a quien necesita ayuda.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaEfesios 4, 32—5, 8
- SalmoSalmo 1, 1-4. 6
- EvangelioLucas 13, 10-17
La Palabra
Lucas 13, 10-17
10 Estaba un sábado enseñando en una sinagoga, 11 y había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. 12 Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» 13 Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios. 14 Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.» 15 Replicóle el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? 16 Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?» 17 Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Una hija de Abraham vuelve a erguirse
Lunes 26 de octubre de 2026 Lunes de la XXX semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Primera lectura: Efesios 4, 32—5, 8 Salmo: Salmo 1, 1-4. 6 Evangelio: Lucas 13, 10-17
Dieciocho años y una mirada
Dieciocho años son muchos días. Lucas los menciona para que comprendamos el peso de aquella enfermedad: una mujer está encorvada y no puede enderezarse. El relato no recoge una petición suya. Jesús la ve, la llama y se acerca a su sufrimiento. Antes de que ella pueda explicar lo que necesita, su vida ya tiene un lugar en la atención del Señor.
Hay dolores que se vuelven casi invisibles por durar tanto. Nos acostumbramos a una limitación ajena, a una silla vacía, a que cierta persona siempre necesite ayuda. Jesús interrumpe esa costumbre. La mujer no es parte del paisaje de la sinagoga. Tiene una historia que merece ser mirada y una dignidad que ninguna enfermedad ha podido quitarle.
«Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» El griego emplea ἀπολέλυσαι, apolélysai, que aquí escuchamos como «quedas libre». La palabra pertenece al lenguaje de la liberación y prepara la pregunta posterior de Jesús sobre desatar una ligadura. Su gesto abre una posibilidad real para quien llevaba tanto tiempo limitada. Ella se endereza y glorifica a Dios.
El sábado de una hija
El jefe de la sinagoga protesta por el día elegido. Jesús responde desde una práctica conocida: también en sábado se desata a los animales para que puedan beber. Si se procura ese cuidado, ¿cómo negar la liberación de una mujer? El Señor la llama «hija de Abraham». La reconoce dentro de la alianza, heredera de una promesa, integrante de su pueblo.
Ese nombre importa también para nuestra manera de acompañar. Una persona no vale por la autonomía que conserva, por el trabajo que puede hacer ni por el agradecimiento que nos devuelve. Su pertenencia precede cualquier utilidad. La comunidad está llamada a recordárselo especialmente cuando la dependencia amenaza con hacerla sentirse una carga.
El sábado, recibido como don de Dios, encuentra aquí su sentido liberador. La discusión sucede dentro de Israel; Jesús y aquella mujer pertenecen a ese pueblo. Sería injusto convertirla en una descalificación de la fe judía. La pregunta atraviesa también nuestras comunidades cristianas: ¿nuestro modo de organizar la vida religiosa permite reconocer y atender a las personas?
San Ireneo enseña que la gloria de Dios se manifiesta en el ser humano que vive, y que esa vida alcanza su plenitud en la comunión con Dios. El Padre se da a conocer por su Hijo para comunicarnos vida. Así, cuidar a una persona y ayudarla a encontrarse con el Señor pertenecen a una misma esperanza.
Aquella curación permite entrever la salvación que Cristo viene a ofrecer. El Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, ha cargado con nuestra muerte y ha resucitado. Su entrega alcanza nuestra existencia entera. La esperanza cristiana incluye el cuerpo y espera su resurrección; por eso tampoco podemos tratar como secundario el sufrimiento corporal de un hermano.
El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, recuerda que el Hijo, al hacerse hombre, se ha unido de algún modo a cada ser humano. Sus manos, su voluntad y su corazón fueron verdaderamente humanos. En Él conocemos la grandeza de nuestra vocación y la cercanía de Dios a nuestra condición.
Cuidar sin añadir una carga
La mención de Satanás en este relato anuncia el poder liberador de Cristo. No nos autoriza a atribuir enfermedades actuales a una acción demoníaca ni a culpar por ellas a quien las padece. La oración y el acompañamiento cristiano deben convivir con la atención médica adecuada, el respeto y la escucha. Tampoco la ausencia de curación disminuye la dignidad de nadie.
La primera lectura nos invita a vivir desde el perdón recibido y el amor con que Cristo se entregó. Esa luz puede llegar a gestos muy precisos: hablar directamente con quien tiene una discapacidad, en vez de dirigirse solamente a su acompañante; preguntar qué ayuda necesita; respetar su respuesta; procurar que participe de verdad en la comunidad.
Tal vez haya cerca alguien cuyo cansancio ya no advertimos. Acercarnos exige detenernos, aprender su nombre y renunciar a decidir por él. Puede necesitar un traslado, compañía durante una espera o simplemente que dejemos de hablar de su enfermedad como si agotara toda su vida. Cada cuidado comienza reconociendo a la persona.
La mujer termina alabando a Dios y la gente se alegra. Recibamos también nosotros esa alegría: el Señor mira a quienes el mundo deja de mirar. Que su mirada nos alcance y nos enseñe a celebrar una fe donde cada hermano pueda saberse llamado, acompañado y amado.
Sobre la palabra griega
ἀπολέλυσαι (apolélysai): Perfecto pasivo, segunda persona singular: Jesús declara a la mujer libre de su enfermedad.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, tú ves a quienes pasan inadvertidos. Líbranos de la indiferencia y enséñanos a cuidar con respeto. Sostén a quienes sufren, fortalece a sus cuidadores y haz de nuestra comunidad un hogar donde cada persona sea reconocida y amada. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


