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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Primer plano del rostro de Cristo, con ojos oscuros dirigidos al frente, cabello largo y barba, en tonos ocres, verdes y violetas.
Rostro de CristoEl primer plano nos deja ante una mirada y no ante una escena narrativa. Puede invitar a detener las apariencias y a dejarnos mirar por Cristo con verdad. La conversión comienza cuando aceptamos que su Palabra alcance también aquello que escondemos detrás de una imagen cuidada.Kiko Argüello · Rostro de Cristo · Archivo visual de la Parroquia Santos Apóstoles ↗
← Volver a Homilía diariaMiércoles de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario · San Calixto I

La justicia empieza también en nuestras manos

Jesús denuncia una religiosidad que descuida la justicia e impone a otros cargas que no ayuda a llevar. El Espíritu Santo renueva nuestra autoridad y hace crecer una fe que acompaña con hechos.

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Evangelio del día

Lucas 11, 42-46

Jesús denuncia una religiosidad que descuida la justicia e impone a otros cargas que no ayuda a llevar. El Espíritu Santo renueva nuestra autoridad y hace crecer una fe que acompaña con hechos.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaGálatas 5, 18-25
  2. SalmoSalmo 1, 1-4. 6
  3. EvangelioLucas 11, 42-46

La Palabra

Lucas 11, 42-46

42 Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. 43 ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! 44 ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!» 45 Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!» 46 Pero él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!

Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia

Comentario pastoral

La justicia empieza también en nuestras manos

Miércoles 14 de octubre de 2026 Miércoles de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario · Memoria libre: San Calixto I Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Lecturas: Gálatas 5, 18-25; Salmo 1, 1-4. 6; Lucas 11, 42-46

La menta y la ruda son pequeñas. Podemos imaginarlas cuidadosamente separadas para cumplir con el diezmo, mientras cerca de esa misma mesa queda pendiente una injusticia grande. Jesús contempla esa desproporción y la nombra. Es posible ser escrupuloso con un detalle religioso y dejar a un lado la justicia y el amor a Dios, que deberían dar sentido a todo lo demás.

El Señor añade que había que practicar lo esencial sin omitir lo otro. Por eso este Evangelio no nos invita a despreciar las pequeñas fidelidades. Una oración breve, un servicio puntual o el cuidado de la liturgia pueden expresar un amor profundo. La pregunta es si esos gestos nos hacen más disponibles para Dios y para las personas, o si los usamos para no mirar aquello que más cuesta cambiar.

Después aparece el deseo de ocupar el primer asiento y recibir saludos en la plaza. Reconocemos aquí una tentación muy cercana: necesitar que nuestra bondad sea reconocida. Podemos terminar organizando el servicio alrededor de nuestro nombre. Nos duele que otro reciba agradecimiento, reclamamos un lugar o dejamos de colaborar cuando el trabajo permanece oculto. Jesús quiere devolvernos la alegría de hacer el bien por amor.

Uno de los legistas protesta porque se siente incluido en el reproche. La respuesta llega al punto más doloroso: imponer a los demás cargas intolerables sin acercar siquiera un dedo para ayudarlos. Hay palabras moralmente correctas que se vuelven crueles cuando quien las pronuncia permanece cómodo y distante. El acompañamiento cristiano necesita conocer el peso real que una persona lleva sobre los hombros.

San Juan Crisóstomo, comentando esta misma denuncia en el Evangelio de Mateo, señala la contradicción del maestro que exige dureza a sus discípulos y se concede indulgencia a sí mismo. El ministerio de enseñar reclama conversión del que enseña. Quienes somos responsables de otros debemos preguntarnos si ofrecemos tiempo, paciencia y ejemplo junto con nuestras indicaciones. Esa revisión alcanza a sacerdotes, padres, catequistas y a todos los que ejercen autoridad.

Pensemos en alguien que cuida a un enfermo y recibe solamente consejos sobre lo que debería hacer mejor. Tal vez la ayuda más necesaria sea reemplazarlo unas horas. Pensemos también en una persona que intenta ordenar su vida y encuentra únicamente reproches. Acompañar puede exigir escuchar sus límites, ayudarle a buscar apoyo y celebrar un avance pequeño. La verdad del Evangelio crece en cercanía cuando nuestras manos participan.

La primera lectura muestra de dónde puede nacer esa transformación. Pablo habla del fruto del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia y las demás disposiciones que hacen habitable la vida compartida. El Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, actúa realmente en nosotros. Su gracia sana nuestra libertad y nos permite cooperar con el amor de Dios. La santidad tiene esa raíz antes de convertirse en esfuerzo cotidiano.

Cristo ha entregado su vida para reconciliarnos y ha resucitado para abrirnos una existencia nueva. No contempla desde lejos nuestras cargas. Ha asumido nuestra humanidad y nos comunica su Espíritu. Por eso podemos reconocer el pecado sin quedar encerrados en la vergüenza. La denuncia del Evangelio busca apartarnos de un camino que hiere y acercarnos al Salvador que puede renovar nuestra manera de tratar a los demás.

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, advierte sobre la separación entre la fe profesada y la vida diaria. La amistad con Dios reclama coherencia en las responsabilidades familiares, laborales y sociales. Cuando una persona recibe un trato justo de un creyente, puede entrever algo de la bondad que ese creyente celebra. Cuando la maltratamos, oscurecemos con nuestros actos el mensaje que pronunciamos.

Hoy podríamos revisar una exigencia que estamos haciendo. ¿Es justa y posible? ¿Hemos explicado su sentido? ¿Estamos dispuestos a ayudar? Quizá corresponda retirar una petición excesiva, distribuir mejor una tarea o reconocer que hemos juzgado sin conocer. También conviene pedir al Espíritu un fruto preciso: paciencia en una conversación, mansedumbre al corregir o fidelidad para cumplir una promesa olvidada.

La justicia y el amor a Dios pueden reunirse en una decisión muy sencilla. Dar el primer paso hacia quien está cansado, poner las manos donde antes pusimos solamente palabras y servir aunque nadie nos reserve el mejor asiento. Allí, entre pequeñas fidelidades y una caridad concreta, el Espíritu va haciendo crecer el fruto que el Padre espera de nosotros.

Oremos

Oración final

Espíritu Santo, haz crecer en nosotros tu fruto. Danos justicia al decidir, mansedumbre al corregir y generosidad para compartir las cargas de nuestros hermanos. Que nuestra fe se vuelva servicio verdadero. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.