Evangelio del día
Lucas 11, 37-41
La invitación de Jesús a compartir alcanza el corazón y la justicia de nuestra vida. La fe recibida como gracia se hace caridad, reparación y cuidado del hermano.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaGálatas 5, 1-6
- SalmoSalmo 118, 41. 43-45. 47-48
- EvangelioLucas 11, 37-41
La Palabra
Lucas 11, 37-41
37 Mientras hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. 38 Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. 39 Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. 40 ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? 41 Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Una mesa abierta desde el corazón
Martes 13 de octubre de 2026 Martes de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Lecturas: Gálatas 5, 1-6; Salmo 118, 41. 43-45. 47-48; Lucas 11, 37-41
Jesús acepta comer en casa de un fariseo. Antes de cualquier discusión, hay una mesa compartida y una puerta que se ha abierto. El Señor entra en la vida de aquel hombre y se sienta con él. Su cercanía hace posible una palabra exigente, de esas que no se conforman con dejar las cosas como estaban.
El anfitrión se sorprende porque Jesús ha omitido las abluciones rituales antes de comer. La respuesta del Señor dirige la atención hacia el interior de la copa y del plato. Se puede cuidar minuciosamente lo visible mientras el corazón conserva rapiña y maldad. El problema señalado pertenece a la vida religiosa de aquel momento, pero alcanza también nuestra facilidad para cuidar la apariencia y descuidar la verdad.
Conviene escuchar esta palabra sin reducir a los fariseos a una caricatura ni usar su nombre para descalificar a otros. El Evangelio se proclama para nuestra conversión. También una comunidad cristiana puede ofrecer un aspecto acogedor y dejar sin escuchar a quien tiene una queja justa. También nosotros podemos mostrarnos respetuosos en público y actuar con dureza cuando nadie nos observa.
Jesús recuerda que Dios ha creado tanto lo exterior como lo interior. Le pertenece la persona entera. Nuestra fe tiene gestos, palabras, cuerpo y vida comunitaria; esas expresiones están llamadas a transparentar un corazón reconciliado. Cuando lavamos las manos antes de comer, cuidamos algo bueno y necesario. Pero ninguna limpieza visible puede sustituir la justicia con quien trabaja para nosotros o el respeto que debemos al hermano.
Entonces llega una invitación desconcertante: dar en limosna lo que tenemos. Jesús toca el lugar donde la apropiación puede encerrarnos. Compartir abre una relación nueva con los bienes y con las personas. El pobre deja de ser una presencia incómoda junto a nuestra mesa y aparece como alguien cuya vida tiene un reclamo sobre nuestro corazón. Podemos empezar a mirar lo que poseemos como un bien recibido para servir.
Eso no convierte la limosna en un pago por la salvación. Tampoco permite compensar con donaciones una injusticia que decidimos mantener. San Juan Crisóstomo, en su homilía cincuenta sobre Mateo, reprende precisamente la pretensión de ofrecer vasos preciosos después de despojar a viudas y huérfanos. La ofrenda debe proceder de una vida honrada. Su enseñanza une el honor tributado al cuerpo de Cristo con el cuidado de las personas necesitadas.
Si hemos retenido un pago debido, corresponde pagarlo; si hemos obtenido algo injustamente, necesitamos reparar. La generosidad crece cuando la verdad entra también en nuestras cuentas. A veces será necesario pedir orientación para hacer una restitución posible y responsable. El Señor no nos invita a tranquilizar la conciencia con un gesto vistoso, sino a dejar que su misericordia cambie nuestra manera de vivir.
Pablo ofrece hoy la clave de todo: la fe actúa por la caridad. Hemos sido alcanzados por la gracia de Jesucristo, que murió y resucitó para reconciliarnos con el Padre. De esa comunión nace el amor que se entrega. Nuestras obras no compran el don de Dios; lo reciben, lo expresan y permiten que transforme realmente nuestra libertad. Creer abre las manos porque antes nos ha abierto el corazón.
Benedicto XVI explica en Deus caritas est que la comunión eucarística nos une a Cristo y también a quienes participan de su misma mesa. Esa unión tiene consecuencias sociales. Al recibir al Señor, somos incorporados más profundamente a un cuerpo donde el sufrimiento del otro nos concierne. La Eucaristía educa una fraternidad que debe continuar cuando termina la celebración.
Podemos llevar esta palabra a una acción discreta. Revisemos si alguien espera de nosotros un pago o una respuesta justa. Reservemos algo de nuestros bienes para una necesidad real, procurando escuchar antes de decidir qué ayuda conviene. Una visita puede acompañar el aporte económico; una gestión responsable puede evitar que la ayuda humille. La persona recibe mejor cuando también se respeta su voz.
En la mesa de aquel fariseo, Jesús quiso llegar hasta el corazón. Dejemos que entre hoy en nuestra casa, en nuestras relaciones y en el modo de administrar lo que tenemos. Su amor puede limpiar la fuente de nuestros gestos. Así, lo que se ve por fuera irá mostrando con sencillez la misericordia que hemos recibido por dentro.
Oremos
Oración final
Padre bueno, purifica nuestro corazón y enséñanos a compartir con justicia. Que la comunión con tu Hijo abra nuestras manos, repare el daño que hayamos causado y nos haga cercanos a quien necesita ayuda. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


