Evangelio del día
Lucas 14, 1-6
En medio de una comida, Jesús cura a un hombre y pregunta por el sentido del sábado. Su misericordia educa nuestra mirada y nos llama a unir una fe sincera con cuidados concretos y competentes.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaFilipenses 1, 1-11
- SalmoSalmo 110, 1-6
- EvangelioLucas 14, 1-6
La Palabra
Lucas 14, 1-6
1 Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. 2 Había allí, delante de él, un hombre hidrópico. 3 Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» 4 Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. 5 Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?» 6 Y no pudieron replicar a esto.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
La persona que tenemos delante
Viernes 30 de octubre de 2026 Viernes de la XXX semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Primera lectura: Filipenses 1, 1-11 Salmo: Salmo 110, 1-6 Evangelio: Lucas 14, 1-6
Una presencia en medio de la comida
Jesús ha sido invitado a comer en casa de un jefe de los fariseos. Es sábado y los presentes lo observan. Delante de Él hay un hombre enfermo. Lucas lo llama hidrópico y no añade su nombre ni explica cómo llegó allí. Basta su presencia para que la comida se convierta en una ocasión de revelar el corazón de Dios.
Hay dos maneras de mirar en esta escena. Algunos observan a Jesús; Él dirige su atención hacia una necesidad concreta. El enfermo podría quedar reducido a motivo de discusión, pero el Señor no lo deja encerrado en ese papel. Su sufrimiento merece una respuesta. Antes de continuar la comida, Jesús pregunta: «¿Es lícito curar en sábado, o no?»
La pregunta abre un espacio de discernimiento. No propone despreciar la ley recibida de Dios. Invita a reconocer qué significa honrarlo cuando una persona necesita ser cuidada. Sus interlocutores callan. Entonces Jesús toma al hombre, lo cura y lo despide. El Evangelio relata esos gestos con sobriedad; la misericordia adquiere una forma concreta y eficaz.
El hombre puede marcharse. Jesús no le exige permanecer allí para sostener la discusión ni exhibe su gratitud ante los invitados. También nuestro servicio necesita esa discreción: ayudar sin apropiarnos de la historia ajena, sin convertir una necesidad en espectáculo y sin exigir que quien recibió ayuda quede para siempre en deuda con nosotros.
El cuidado que reconocemos enseguida
Después, Jesús habla de un hijo o de un buey caído en un pozo. Quien se encuentra ante esa situación sabe que debe actuar de inmediato, aunque sea sábado. El ejemplo acerca la discusión a un cuidado que sus oyentes pueden reconocer. El sufrimiento ajeno necesita entrar en nuestra consideración con la misma seriedad con que atendemos lo que nos afecta.
También nosotros podemos descubrir incoherencias. Una necesidad propia cambia enseguida nuestra agenda; la ajena debe esperar a que todo resulte cómodo. Defendemos un procedimiento sin preguntar si existe una solución legítima que evite un daño. El Evangelio nos pide revisar esas prioridades. La persona que tenemos delante no puede desaparecer detrás de la organización que debía ayudarla.
San Juan Crisóstomo exhorta a honrar el cuerpo de Cristo sin descuidarlo en quienes padecen hambre, frío o desnudez. La belleza ofrecida al altar debe ir acompañada del socorro a los necesitados. Su enseñanza nos lleva a reconocer que la veneración eucarística compromete también nuestra manera de tratar a quienes sufren fuera del templo.
Esta unidad nace del mismo Señor que se nos entrega. El Hijo de Dios asumió un cuerpo humano, pasó haciendo el bien y llevó nuestra fragilidad hasta la cruz. Resucitado, nos comunica su vida. Acogerlo en la fe y en los sacramentos dispone nuestras manos para servir, porque su gracia quiere alcanzar nuestras relaciones y decisiones.
Aprender a cuidar bien
Benedicto XVI enseña en Deus caritas est que la caridad responde a necesidades concretas y requiere competencia profesional. Añade que una atención técnicamente correcta necesita también humanidad y cordialidad. Quien sufre debe encontrar personas preparadas para ayudarlo y capaces de tratarlo con cercanía, sin reducirlo a un problema que se resuelve de manera impersonal.
Vale la pena escuchar ambas exigencias. La buena voluntad necesita aprender y aceptar sus límites. Acompañar a un enfermo puede incluir ayudarle a conseguir atención adecuada, respetar las indicaciones de quienes lo tratan o aliviar una tarea cotidiana. No tenemos que prometer soluciones que desconocemos. Podemos ofrecer una presencia responsable, preguntar y cumplir aquello a lo que nos comprometemos.
En Filipenses, Pablo pide que el amor de la comunidad crezca también en conocimiento y discernimiento. Amar bien exige comprender qué conviene verdaderamente al otro. A veces la ayuda más útil será distinta de la que habíamos imaginado. Por eso conviene escuchar antes de decidir, especialmente cuando quien necesita apoyo puede expresar su voluntad.
Pensemos en una necesidad que llevamos días dejando pendiente. Una llamada para coordinar una visita, un trámite que impide recibir ayuda, el descanso de alguien que cuida sin relevo. Elijamos una acción posible y pongámosle una hora. Si no podemos resolverla solos, busquemos con quién compartirla. La misericordia también necesita organización para llegar a tiempo.
Al final del relato, nadie puede responder a la pregunta de Jesús. Dejemos que su palabra encuentre en nosotros una respuesta vivida. Cuando salgamos de la mesa eucarística, seguiremos encontrando personas que necesitan cuidado. Que nuestra fe nos ayude a reconocerlas, a acercarnos con respeto y a hacer el bien que hoy está a nuestro alcance.
Oremos
Oración final
Señor Jesús, abre nuestros ojos a la persona que tenemos delante. Danos un amor atento, preparado y perseverante. Que al recibirte en la Eucaristía aprendamos a servir con humildad, a escuchar con respeto y a responder a tiempo al sufrimiento de nuestros hermanos. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


