Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaFilipenses 3, 3-8
- SalmoSalmo 104, 2-7
- EvangelioLucas 15, 1-10
La Palabra
Lucas 15, 1-10
1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, 2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.» 3 Entonces les dijo esta parábola. 4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? 5 Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; 6 y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.” 7 Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. 8 «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? 9 Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.” 10 Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
La alegría del Pastor

El Evangelio nos presenta hoy a Jesús rodeado de publicanos y pecadores que se acercan para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuran porque los recibe y comparte su mesa. Allí donde ellos ven un motivo de reproche, Jesús revela la misericordia del Padre. Su cercanía abre un camino de regreso para quienes necesitan perdón. También nosotros necesitamos acercarnos y escuchar, dejando que su palabra transforme la imagen que tenemos de Dios.
Para responder a aquella murmuración, Jesús habla de un pastor que busca su oveja perdida y de una mujer que enciende una lámpara y barre cuidadosamente la casa hasta encontrar su moneda. En ambas parábolas dirige nuestra mirada hacia quien busca. El pastor sale, la mujer enciende la luz, ambos perseveran. Así es el amor de Dios: viene a nuestro encuentro y alcanza incluso aquellos rincones de la vida que nosotros preferiríamos mantener ocultos.
Cuando el pastor encuentra la oveja, la pone sobre sus hombros. San Lucas añade una palabra griega que merece ser saboreada: χαίρων, «lleno de alegría». Describe al pastor mientras carga con ella. Jesús quiere que contemplemos esa alegría: le alegra encontrarnos, levantarnos, traernos consigo. A veces imaginamos que volver a Dios será presentarnos ante una mirada cansada de nuestras caídas. El Evangelio nos permite reconocer otro rostro: el del Pastor que se alegra de recuperar a quien ama.
San Ambrosio hizo suya esta confianza al comentar la súplica de la oveja extraviada al final del salmo 118: «Búscame, encuéntrame, acógeme, llévame». Son palabras muy sencillas, nacidas de reconocer nuestra necesidad de Cristo. Podemos rezarlas también nosotros, especialmente cuando nos sentimos lejos, cuando nos avergüenza una falta o cuando estamos cansados de volver a caer. Incluso el deseo de regresar es ya una gracia con la que el Señor nos llama.
Una antigua escultura del siglo III, conocida como El Buen Pastor, muestra a un joven sosteniendo una oveja sobre sus hombros. Al contemplarla desde la fe, podemos reconocer nuestra propia vida sostenida por Cristo. San Ambrosio prolonga esta imagen hasta la Encarnación y la cruz: el Hijo de Dios ha venido personalmente a buscarnos, ha asumido nuestra humanidad y ha llevado hasta el extremo su amor por nosotros. Sus hombros nos hablan de una misericordia que se entrega para salvar.
Esta misericordia despierta nuestra conversión. Jesús habla de la alegría del cielo por un pecador que se arrepiente. Su amor nos permite reconocer el pecado sin desesperar y desear una vida nueva. La gracia mueve nuestra libertad para que respondamos: confesando la verdad, recibiendo el perdón, reparando el daño que hemos causado. Cada paso necesita ser sostenido por él. También al acercarnos al sacramento de la Reconciliación podemos llevar la oración de Ambrosio: Señor, acógeme y llévame contigo.
La primera lectura nos muestra cómo cambia la vida cuando Cristo ocupa su centro. Pablo recuerda aquello en lo que antes apoyaba su seguridad, pero ahora todo queda iluminado por el valor incomparable de conocer a Jesucristo. El encuentro con él transforma su manera de mirar y de vivir. Nosotros también podemos descansar demasiado en lo que hacemos, en nuestra trayectoria religiosa o en la buena opinión de los demás. Cristo nos atrae hacia una confianza más profunda, puesta en él, y nos enseña a recibir con gratitud cuanto su gracia realiza en nosotros.
La alegría del Pastor quiere alcanzar también a la comunidad. Al encontrar lo perdido, tanto el pastor como la mujer llaman a otros para compartir su alegría. El Señor nos invita a mirar con sus ojos a quien vuelve, a acompañar con paciencia a quien está buscando y a dejar espacio para la obra de su misericordia. Todos necesitamos ser encontrados y sostenidos. Recordarlo puede librarnos de la murmuración y hacer de nuestra comunidad un lugar donde sea más fácil acercarse a Jesús.
Pidamos hoy al Señor que nos conceda conocer la alegría de su corazón. Que su amor venza nuestros temores, nos atraiga hacia él y nos enseñe a alegrarnos por cada hermano que regresa. Cristo sigue saliendo a nuestro encuentro. Podemos confiarle nuestra vida y dejarnos llevar por él.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

