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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Un anciano con anteojos examina una moneda a la luz de una vela, rodeado de libros, papeles y bolsas.
La parábola del rico insensatoConocida también como El cambista, la obra de Rembrandt se interpreta tradicionalmente en relación con el rico insensato. El pintor traslada la advertencia al interior de una vida absorbida por sus bienes. La pequeña luz que permite contar las monedas no responde a la pregunta decisiva del Evangelio: qué permanece cuando se nos pide la vida. La acumulación solitaria nos invita a preguntarnos qué lugar tienen Dios y los hermanos en lo que guardamos.Rembrandt van Rijn, La parábola del rico insensato (también El cambista), 1627. Gemäldegalerie, Berlín, 828D. Wikimedia Commons; dominio público. ↗
← Volver a Homilía diariaLunes de la XXIX semana · Santos Juan Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros

La vida no cabe en un granero

Cristo nos libera de buscar seguridad absoluta en las posesiones y abre nuestros bienes a la gratitud, la justicia y el cuidado del prójimo.

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Evangelio del día

Lucas 12, 13-21

Cristo nos libera de buscar seguridad absoluta en las posesiones y abre nuestros bienes a la gratitud, la justicia y el cuidado del prójimo.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaEfesios 2, 1-10
  2. SalmoSalmo 99, 1-5
  3. EvangelioLucas 12, 13-21

La Palabra

Lucas 12, 13-21

13 Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» 14 El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» 15 Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.» 16 Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; 17 y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” 18 Y dijo: “Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, 19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea.” 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” 21 Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.»

Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia

Comentario pastoral

La vida no cabe en un granero

Lunes 19 de octubre de 2026 Lunes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario; Santos Juan Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros (memoria libre) Ciclo dominical A · Ferial II Lecturas: Efesios 2, 1-10; Salmo 99, 1-5; Lucas 12, 13-21

Un hombre se acerca a Jesús con una disputa familiar. Quiere que su hermano reparta la herencia. No conocemos todos los antecedentes y el Evangelio no nos permite decidir cuál de los dos tiene razón. Jesús tampoco se deja utilizar para zanjar el asunto según la conveniencia de quien pregunta. Va a una raíz que puede enfermar tanto al que posee como al que reclama: convertir los bienes en la medida de la vida y al hermano en un obstáculo para conseguirlos.

Entonces cuenta la historia de una cosecha abundante. La tierra ha dado fruto; hay un motivo hermoso para agradecer. Sin embargo, el propietario solo conversa consigo mismo. En su proyecto aparecen sus graneros, su trigo, sus bienes y sus años futuros. No aparece nadie con quien compartir. La abundancia, que podía ensanchar la mesa, termina encerrándolo. Incluso el descanso queda aplazado hasta que todo esté acumulado y protegido. Es una soledad que se agranda al mismo tiempo que los almacenes.

Jesús nombra este peligro con la palabra πλεονεξία (pleonexía), «codicia». El término designa aquí el afán posesivo contra el que hay que mantenerse alerta. Su sentido se comprende mirando al personaje: tiene mucho, pero vive como si todavía le faltara lo único capaz de darle seguridad. El problema no se resuelve comparando nuestra cuenta con la de alguien más rico. También podemos aferrarnos a una ventaja pequeña, a un objeto, a una herencia discutida, y terminar sacrificando por ello una relación o nuestra honradez.

La pregunta de Dios abre una grieta en ese monólogo: «las cosas que preparaste, ¿para quién serán?». El hombre calculó la cosecha y confundió ese cálculo con la posesión del tiempo. La muerte revela su error; no vuelve malo el trabajo ni inútil la previsión. Ahorrar responsablemente, sostener una familia y preparar la vejez son tareas valiosas. Lo que ninguna reserva puede comprar es el sentido último de nuestra existencia. Hemos recibido la vida y no podemos retenerla como una mercancía.

En la primera lectura, san Pablo anuncia algo más hondo que una recomendación de moderación: Dios nos ha dado vida con Cristo cuando estábamos muertos por el pecado. La salvación nace de su gracia, no de nuestros logros. Somos recreados para realizar el bien. Ahí comienza la libertad cristiana ante las cosas: nuestra dignidad no depende de cuánto acumulamos, porque Cristo nos ha amado y se ha entregado por nosotros. Resucitado, abre un futuro que la muerte no puede clausurar. Por eso podemos dar sin sentir que desaparecemos.

Podemos aprender esta libertad dando gracias antes de hacer nuevos planes. Reconocer de dónde viene lo recibido nos ayuda a descubrir a quienes participaron en ello: quienes trabajaron, cuidaron, enseñaron o nos sostuvieron cuando faltaban fuerzas. La gratitud devuelve compañía a una prosperidad que parecía enteramente nuestra.

San Basilio, Padre de la Iglesia y maestro de vida cristiana, enseñaba que los bienes recibidos han de administrarse teniendo presentes las necesidades de los demás. Benedicto XVI recordó esa enseñanza en su catequesis del 1 de agosto de 2007. El Concilio Vaticano II formula el mismo horizonte en Gaudium et spes, 69: los bienes creados tienen un destino para toda la familia humana. La propiedad lleva consigo una responsabilidad. El hambre de otra persona no es un detalle ajeno al examen de nuestra conciencia.

Podemos preguntarnos hoy quién tiene lugar en nuestro presupuesto y en nuestras decisiones. Tal vez corresponde pagar sin más demora una deuda justa, revisar una disputa sin alimentar el resentimiento o reservar una ayuda estable para alguien que la necesita. La caridad requiere también discreción: quien recibe no debe pagar nuestra generosidad con humillación o gratitud obligatoria. Y si estamos pasando estrechez, el Evangelio no nos acusa por preocuparnos; invita a la comunidad a que nadie tenga que cargar solo con ese temor.

En la Eucaristía, Cristo nos reúne alrededor de un don que nadie podría producir para sí. Recibimos su Cuerpo entregado y aprendemos a reconocernos hermanos. Ser ricos ante Dios comienza allí: acoger su gracia y dejarla circular en obras de justicia y de misericordia. Esta noche podremos guardar lo necesario y descansar, sin exigir a nuestras posesiones que hagan de salvador. La vida está sostenida por Alguien que nos conoce. Y mañana, si nos es concedido, habrá otra ocasión de convertir una reserva cerrada en pan compartido.

Sobre la palabra griega

πλεονεξίας (pleonexías): Sustantivo femenino: la forma del pasaje está en genitivo, dentro de la advertencia contra la codicia.

Oremos

Oración final

Señor Jesús, líbranos de la codicia que encierra el corazón. Enséñanos a agradecer, a trabajar con justicia y a compartir con libertad. Que nuestros bienes sirvan a la vida de nuestros hermanos. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.