Evangelio del día
Mateo 21, 33-46
El Señor busca frutos de justicia y de amor. Al reconocer nuestra pobreza, suplicamos que vuelva a visitar su viña: también nuestra conversión necesita su gracia. San Francisco nos muestra la libertad que se deja conquistar por ese amor.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaIsaías 5, 1-7
- SalmoSalmo 79, 9. 12-16. 19-20
- Segunda lecturaFilipenses 4, 6-9
- EvangelioMateo 21, 33-46
La Palabra
Mateo 21, 33-46
33 «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. 34 Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. 35 Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. 36 De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. 37 Finalmente les envió a su hijo, diciendo: “A mi hijo le respetarán.” 38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia.” 39 Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. 40 Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» 41 Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.» 42 Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? 43 Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.» 45 Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. 46 Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Señor, vuelve a visitar tu viña
Hermanos:
El Señor viene a buscar frutos en nuestra vida. Y esta visita puede despertar una pregunta inquietante: después de tanto amor recibido, ¿qué tenemos para ofrecerle? La Palabra de este domingo nos invita a mirar con sinceridad nuestra pobreza, pero también nos enseña dónde encontrar esperanza. El mismo Dios que busca el fruto es quien puede dar vida a su viña. Por eso, desde el comienzo, hacemos nuestra la súplica del salmo: «visita a esta viña».
Un amor que nos precede
La primera lectura y el Evangelio nos presentan una tierra rodeada de cuidados. En Isaías, el dueño escoge un terreno bueno, retira las piedras, planta cepas escogidas y prepara todo para la vendimia. Cada gesto habla de su amor. Antes de esperar un fruto, se ha entregado a cuidar aquello que plantó. Por eso duele tanto su pregunta: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?».
También nuestra vida ha sido cuidada. Hemos recibido la existencia, personas que nos han querido, oportunidades para comenzar de nuevo, la Palabra, los sacramentos y el perdón. Hasta el deseo que hoy nos trae a buscar al Señor ha sido despertado por su gracia. Nuestra respuesta comienza dentro de un amor que nos precede.
Los frutos que espera ese amor
Isaías lo dice con claridad: el Señor esperaba justicia y derecho, pero encuentra violencia y escucha el clamor de quienes sufren. San Ireneo, comentando la parábola, recuerda que los profetas buscaban los frutos de la justicia: compasión por el hermano, cuidado del pobre, protección de quienes están solos y desamparados.
Son frutos que llegan a la vida de los demás. Que alguien encuentre misericordia en nuestro trato. Que un débil sea protegido. Que una deuda de justicia sea reparada. Que el perdón abra un camino donde parecía haberse cerrado todo.
Podemos estar muy ocupados en cosas buenas y seguir siendo pobres en esos frutos. Podemos conocer la doctrina y herir con nuestras palabras; participar en la comunidad y conservar resentimientos; enseñar a rezar y vivir como si todo dependiera de nosotros. Esta Palabra nos alcanza también a quienes predicamos. Hoy el Señor visita nuestra viña, y ninguno necesita esconderse detrás de las faltas ajenas.
Presentarnos con las manos vacías
En el Evangelio, el dueño envía a buscar los frutos. Los viñadores responden rechazando a sus enviados y, finalmente, a su hijo. Han terminado comportándose como propietarios absolutos de lo que recibieron para cuidar. San Juan Crisóstomo hace una observación que abre una puerta: si no tenían qué entregar, podían haber suplicado. Podían reconocer su falta y dirigirse al dueño con las manos vacías.
También nosotros podemos hacerlo. Nuestra pobreza reconocida puede convertirse en oración. Pero mientras defendemos nuestra apariencia, justificamos todo o creemos que nos bastamos, cerramos el corazón a la visita que podría sanarnos.
También la conversión necesita la gracia
Aquí conviene reconocer un peligro cercano. El flagelo del pelagianismo (creer que podemos alcanzar la salvación por nuestras propias fuerzas, sin necesitar la gracia de Dios) y del semipelagianismo (creer que el primer paso hacia Dios nace de nosotros solos y que su gracia viene después a ayudarnos) puede estar más cerca de nosotros de lo que pensamos: en nuestras comunidades, en nuestras catequesis y hasta en nuestros mejores deseos.
Se insinúa cuando ponemos toda nuestra confianza en la voluntad, en los métodos o en nuestras capacidades. Estos dones tienen su lugar, pero necesitan ser recibidos y sostenidos por la gracia. San Agustín nos recuerda que también nuestra conversión necesita el auxilio de Dios. El Señor despierta nuestra libertad para que responda, la sana y la fortalece. Podemos pedirle incluso el deseo de volver a Él.
La viña herida aprende a suplicar
La justicia divina nos despierta de la ilusión de que nuestra falta de frutos no tiene consecuencias. En Isaías, la viña pierde su protección y queda expuesta a la devastación. Es una historia dolorosa: la violencia, la infidelidad y el amor rechazado hieren aquello que debía florecer. La advertencia es seria y nos llama a convertirnos. No nos autoriza, sin embargo, a señalar cada enfermedad o desgracia como un castigo de Dios.
Precisamente aquí comprendemos por qué la Iglesia pone este salmo en nuestros labios. Ante la viña herida, pedimos que su dueño vuelva. Apelamos al amor con que la plantó. Su juicio nos lleva a reconocer nuestra necesidad; su fidelidad nos da valor para suplicar:
«¡Oh Dios Sebaot, vuélvete ya, desde los cielos mira y ve, visita a esta viña, cuídala, a ella, la que plantó tu diestra!»
Señor, esta vida salió de tus manos. Tú conoces cuánto hemos recibido y cuánto hemos malogrado. Ven a sanar tu obra. Nuestro pecado es real, pero también lo es tu misericordia. No queremos seguir defendiéndonos de ti.
Y continuamos:
«Ya no volveremos a apartarnos de ti; nos darás vida y tu nombre invocaremos. ¡Oh Yahveh, Dios Sebaot, haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos!»
«Nos darás vida». Queremos ser fieles y sabemos que necesitamos recibir de Él la fuerza para serlo. Hoy puede ser un día de conversión y de santidad: un día para abandonar la autosuficiencia y consentir en ser ayudados, perdonados y transformados. La confianza en el Señor es ya un fruto hermoso de su gracia, y en ella pueden madurar los frutos de justicia y caridad que Él espera.
Francisco: la libertad que se deja conquistar
Lo vemos en san Francisco de Asís, al comienzo de su conversión. Delante de su padre y del obispo, devuelve incluso sus vestidos y renuncia a la herencia paterna para seguir al Señor. Queda desnudo, y el obispo lo cubre con su manto. En ese abrazo reconocemos a la Iglesia que acoge y acompaña una vida que vuelve a nacer.
Allí la gracia encuentra una libertad que se deja conquistar. Francisco responde con todo su ser al amor que lo ha llamado. Abre las manos, renuncia a apoyarse en sus bienes y se entrega al Padre. De esa pobreza confiada brotará una vida capaz de enriquecer a tantos: fraternidad, misericordia, paz, cercanía a los pequeños. Son los frutos que el dueño esperaba de su viña.
Recibir al Hijo y dar fruto
También nosotros nos acercaremos a la Eucaristía con lo que somos, con nuestros dones y nuestra pobreza. El Hijo enviado a la viña viene a entregarnos su vida. Recibámoslo. Dejemos que su gracia alcance nuestras decisiones y se convierta, por nuestra respuesta libre, en un perdón ofrecido, una injusticia reparada y un hermano cuidado.
Oremos
Oración final
Señor, vuelve a visitar tu viña. Despoja nuestro corazón de la autosuficiencia y danos la confianza de Francisco. Tú que nos has amado primero, despierta nuestra conversión y sostén nuestra respuesta. Que esta vida, plantada y cuidada por tus manos, dé los frutos de justicia y de amor que esperas. «Haznos volver, y que brille tu rostro, para que seamos salvos». Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


