Evangelio del día
Lucas 12, 35-38
El Señor que esperamos promete servirnos a su mesa. La vigilancia cristiana sostiene la esperanza y mantiene disponible el corazón, incluso en las noches largas.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaEfesios 2, 12-22
- SalmoSalmo 84, 9-14
- EvangelioLucas 12, 35-38
La Palabra
Lucas 12, 35-38
35 «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, 36 y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. 37 Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. 38 Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
El Señor que se ciñe para servir
Martes 20 de octubre de 2026 Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario Ciclo dominical A · Ferial II Lecturas: Efesios 2, 12-22; Salmo 84, 9-14; Lucas 12, 35-38
Hay una sorpresa al final de esta breve escena nocturna. Los criados esperan a su señor, dispuestos a abrirle cuando vuelva. Todo parece conducir al momento en que tendrán que atenderlo. Sin embargo, sucede algo inesperado: él se ciñe, los hace sentarse a la mesa y comienza a servirlos. Jesús nos deja contemplar esa imagen despacio. El Señor que viene no considera a los suyos piezas de una maquinaria. Los recibe en una comunión que supera lo que podían esperar.
Este rostro del Señor cambia nuestra manera de entender la vigilancia. Podemos imaginarla como una tensión interminable, el miedo de equivocarnos cuando alguien nos observa. Pero quien espera a Cristo se prepara para el encuentro con Aquel que ha dado su vida por él. Jesús lavará los pies de sus discípulos y les entregará su Cuerpo y su Sangre. Su resurrección no cancela ese amor servidor: lo lleva a la victoria. En su Reino, la grandeza no consiste en dejar a otros de rodillas, sino en hacerlos participar de su alegría.
Las lámparas encendidas pertenecen a esta espera. Una lámpara permite reconocer un rostro y descubrir por dónde caminar. El servicio y la atención mantienen despierta la casa. Hay, sin embargo, noches largas: la oración parece seca, una enfermedad se prolonga, esperamos una reconciliación que no llega. La mención de la segunda o tercera vigilia permite escuchar que la demora también forma parte de la experiencia del discípulo. El Señor llama dichosos a quienes permanecen disponibles, aunque no dispongan del reloj de su venida.
San Agustín, al predicar sobre las vírgenes que esperaban al esposo, exhortaba a velar con la fe, la esperanza, la caridad y las obras. En el Sermón 93, su enseñanza no reduce la vigilancia a mantenerse físicamente despierto. Nos ayuda a reconocer qué puede dormirse en una persona muy ocupada: el amor, la atención al otro, el deseo de Dios. También quien necesita descansar puede confiarse al Señor con el corazón despierto. El cansancio humano no es una culpa ni una prueba de escasa fe.
Esperar juntos también importa. Una comunidad puede sostener la lámpara de quien atraviesa una noche difícil: visitándolo, rezando con él, evitando que su ausencia pase inadvertida. A veces recibimos de otros la perseverancia que nos falta. La esperanza se fortalece cuando tiene un hogar donde compartir su fragilidad.
La primera lectura ensancha la casa que estamos esperando. Cristo es nuestra paz: por su cruz ha derribado la enemistad y nos da acceso al Padre en un mismo Espíritu. Los que estaban lejos llegan a ser conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Si ese es el hogar hacia el que caminamos, vigilar incluye cuidar la comunión ahora. No tendría sentido preparar la llegada del Señor y cerrar sistemáticamente la puerta al hermano con el que él quiere reunirnos.
Benedicto XVI explica en Spe salvi, 34, que la oración nos abre a Dios y nos prepara para servir a los demás. La esperanza cristiana también es esperanza para otros. Una breve oración al comenzar la jornada puede cambiar la calidad de nuestra presencia: antes de responder, recordar quién tenemos delante; antes de distraernos otra vez, advertir una petición; antes de dar por perdida a una persona, encomendarla. A veces la lámpara se mantiene encendida mediante un gesto que nadie considera extraordinario.
Pensemos en una puerta concreta que hoy sí podemos abrir. Quizá sea escuchar sin mirar el teléfono, acompañar una gestión difícil o volver a participar en la comunidad después de un tiempo de distancia. No se trata de estar disponibles para cualquier exigencia hasta quedar agotados. La caridad necesita orden, descanso y límites justos. Se trata de reservar en el corazón un espacio que la prisa no colonice por completo, para que una llamada verdadera pueda alcanzarnos y recibir una respuesta libre.
Esta noche, al apagar las luces de la casa, podremos entregar al Señor lo que quedó pendiente. La fe no exige controlar todos los resultados. Podemos pedir que conserve encendido el amor mientras dormimos, y que nos conceda reconocerlo al despertar. Él viene a nuestra historia y vendrá en su gloria. Quien nos invita a esperar es el mismo que promete sentarnos a su mesa. Nuestra fidelidad, tan pequeña y a veces fatigada, está orientada hacia esa ternura inmensa: encontrarnos con Cristo y dejarnos servir por su amor.
Oremos
Oración final
Jesús, mantén encendida nuestra esperanza durante la noche. Despierta nuestra atención al hermano y recíbenos en tu mesa. Que aprendamos a esperar tu venida confiando en tu amor servidor. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


