Evangelio del día
Lucas 12, 1-7
Jesús nos libera de la hipocresía y del miedo a la mirada ajena. La amistad del Salvador y el cuidado del Padre nos permiten vivir con verdad, reparar y actuar con una conciencia libre.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaEfesios 1, 11-14
- SalmoSalmo 32, 1-2. 4-5. 12-13
- EvangelioLucas 12, 1-7
La Palabra
Lucas 12, 1-7
1 En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. 2 Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. 3 Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados. 4 «Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. 5 Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése. 6 «¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. 7 Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Vivir bajo una mirada que nos ama
Viernes 16 de octubre de 2026 Viernes de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario · Memoria libre: Santa Margarita María Alacoque Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Lecturas: Efesios 1, 11-14; Salmo 32, 1-2. 4-5. 12-13; Lucas 12, 1-7
Una mirada puede ayudarnos a vivir con verdad o puede convertir nuestra vida en una representación. Cuando tememos demasiado lo que otros pensarán, empezamos a elegir palabras, ocultar dificultades y exagerar seguridades. Terminamos cansados de sostener una imagen. En medio de una multitud que se agolpa, Jesús habla a sus discípulos de esa tentación y les ofrece un camino de libertad.
Los previene contra la hipocresía. Su advertencia nace precisamente cuando miles de personas están pendientes de Él. La presencia de tantos espectadores puede desorientar el corazón del discípulo. La misión corre el riesgo de convertirse en preocupación por el prestigio. Por eso Jesús dirige primero la mirada hacia dentro: quien anuncia el Evangelio necesita dejarse iluminar por la misma verdad que proclama.
Nada permanecerá definitivamente oculto. Esa palabra tiene la seriedad del juicio de Dios y nos llama a reconocer nuestras incoherencias. El Señor conoce lo que hacemos cuando nadie nos ve, los motivos que disimulamos y también las heridas que todavía no sabemos expresar. Su conocimiento puede dar miedo si imaginamos que sólo desea acusarnos. Pero Jesús llama amigos a aquellos mismos discípulos que necesitan ser corregidos.
La amistad que ofrece permite abandonar la máscara. Podemos presentarnos ante Él como somos y pedir un corazón unificado. Cuando confesamos un pecado, la verdad deja de servir únicamente para condenarnos y se convierte en puerta al perdón. Cristo entregó su vida por nosotros y resucitó para reconciliarnos con el Padre. Su misericordia nos sostiene mientras aprendemos a vivir de una manera más limpia y libre.
El Evangelio habla después del miedo a quienes pueden matar el cuerpo. Jesús conoce la gravedad de la persecución y no promete a sus amigos una existencia sin amenazas. Les enseña a reconocer que la violencia humana no tiene la última palabra sobre su destino. Pertenecemos al Dios vivo, que puede sostenernos más allá de la muerte y que juzga nuestra historia con verdad.
El temor de Dios coloca nuestra vida bajo esa verdad última. Nos ayuda a tomar en serio el mal y a no entregar la conciencia a cualquier poder. Unido a la confianza filial, ese temor se vuelve reverencia y responsabilidad. Podemos preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar para conservar una buena imagen: una convicción honesta, el respeto por alguien o la defensa de una persona tratada injustamente.
Entonces Jesús menciona los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza. Ninguna existencia pequeña queda olvidada ante el Padre. San Juan Crisóstomo, al comentar el pasaje paralelo de Mateo, explica que estas imágenes expresan el conocimiento y el cuidado de Dios. Añade una precisión importante: conocer lo que sucede no equivale a causar el daño. Quien sufre puede estar herido sin estar abandonado por el Señor.
También Francisco, en su reflexión del veinticinco de junio de 2017, recuerda que el envío de Jesús no garantiza éxito ni ausencia de sufrimiento. La seguridad del discípulo está en la compañía del Padre. Esa confianza permite atravesar una dificultad sin convertirla inmediatamente en prueba de fracaso espiritual. Podemos necesitar protección, descanso, consejo o ayuda profesional y seguir viviendo una fe profunda.
La carta a los Efesios añade que hemos sido sellados con el Espíritu Santo, prenda de nuestra herencia. Dios nos ha dado una pertenencia más firme que el aplauso y más honda que una etiqueta. En Cristo somos llamados a compartir su vida. Recordar el Bautismo puede ayudarnos cuando una crítica nos desordena por dentro: nuestra dignidad no depende de conseguir que todos nos aprueben.
Quizá hoy debamos reconocer un error ante alguien, aunque eso disminuya nuestra apariencia de perfección. Tal vez corresponda dejar de difundir una versión incompleta que nos favorece, pedir perdón por una doblez o sostener con serenidad una verdad impopular. Conviene hacerlo con prudencia, sin convertir la sinceridad en exposición innecesaria de intimidades propias o ajenas. La verdad cristiana también cuida a las personas.
Al terminar el día podemos descansar unos minutos ante el Padre, sin preparar ninguna defensa. Él conoce el bien escondido y las fragilidades que traemos. Pidámosle que nos libre tanto del deseo de aparentar como del miedo que nos paraliza. Bajo su mirada amorosa podemos aprender a hablar con claridad, reparar lo que corresponde y caminar con la paz de quienes saben a quién pertenecen.
Oremos
Oración final
Padre, tú conoces nuestra vida y no nos olvidas. Sana nuestras dobleces, fortalece nuestra conciencia y acompáñanos en el miedo. Que tu Espíritu nos enseñe a vivir con verdad, confiados en el amor que nos has dado en Jesús. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


