Evangelio del día
Juan 15, 1-8
Con santa Teresa aprendemos a permanecer en la amistad de Cristo, fuente de todo fruto. La oración, sostenida por el Espíritu, transforma los deseos y madura en amor cotidiano.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaRomanos 8, 22-27
- SalmoSalmo 18, 8-11
- EvangelioJuan 15, 1-8
La Palabra
Juan 15, 1-8
1 «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. 2 Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. 3 Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. 4 Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. 6 Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. 8 La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Permanecer para dar fruto
Jueves 15 de octubre de 2026 Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia Ciclo dominical A · Ciclo ferial II Lecturas: Romanos 8, 22-27; Salmo 18, 8-11; Juan 15, 1-8
Un sarmiento puede conservar durante un tiempo la apariencia de estar vivo después de separarse de la vid. Todavía tiene hojas y mantiene su forma, pero ha perdido la fuente que lo alimenta. La imagen de Jesús nos ayuda a reconocer una pobreza que a veces escondemos detrás de muchas actividades: podemos seguir funcionando mientras el corazón se va quedando sin encuentro, sin escucha y sin oración.
En la memoria de santa Teresa de Jesús escuchamos una invitación que sostiene toda su enseñanza: permanecer en Cristo. El Señor se presenta como la vid verdadera; el Padre cuida la viña y nosotros somos los sarmientos. Nuestra vida cristiana comienza en una unión recibida. En el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo y llamados a participar de su vida, alimentados por su Palabra y sus sacramentos.
El Evangelio emplea μείνατε, meínate, «permaneced». En esta escena la invitación consiste en continuar unidos a Jesús, como el sarmiento vive de la vid. Esa cercanía necesita tiempo y una respuesta real. Podemos volver a Él en medio de una jornada agitada, entregarle una preocupación y dejar que una palabra suya acompañe nuestras decisiones. Permanecer va dando unidad a una existencia que fácilmente se dispersa.
San Agustín, en el tratado ochenta y uno sobre Juan, contempla aquí la primacía de la gracia. La rama recibe de la vid la vida que permite su fruto. También nuestras buenas obras necesitan el don de Cristo. Esta certeza nos libra de vivir la fe como una prueba solitaria de rendimiento. Podemos trabajar con responsabilidad y reconocer a la vez que necesitamos ser sostenidos, perdonados y renovados por el Señor.
Teresa aprendió a nombrar la oración como una relación de amistad con quien nos ama. En el Libro de la vida, al describir ese trato, pone delante el amor que ya nos espera. No hace falta presentarnos ante Dios con una experiencia extraordinaria. Podemos acercarnos con el cansancio del día y con palabras pobres. Quien nos recibe conoce nuestra fragilidad y desea nuestra compañía.
Hay días en que rezar resulta difícil. La atención se escapa, faltan las palabras o aparece una tristeza que no sabemos explicar. La primera lectura nos ofrece un consuelo profundo: el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza e intercede por nosotros. En el corazón de la oración está actuando Dios mismo. Podemos permanecer ante Él sin medir la verdad del encuentro por la intensidad de lo que sentimos.
Benedicto XVI, al presentar la enseñanza de Teresa, recuerda que la oración va envolviendo toda la vida y conduce a una comunión más profunda con Cristo y con la Trinidad. También subraya las virtudes que la acompañan: humildad, amor mutuo y veracidad. La amistad con el Señor se vuelve reconocible en nuestra manera de convivir. A veces su fruto más verdadero es escuchar sin interrumpir o aceptar una corrección sin herir.
Jesús habla además de la limpieza que permite dar más fruto. El Padre trabaja en su viña y su Palabra va quitando lo que impide amar. Podemos reconocer esa purificación cuando debemos abandonar una vanidad, ordenar un apego o renunciar a controlar a los demás. Sería temerario afirmar que cada enfermedad o desgracia es un corte que Dios ha querido. Su cuidado nos acompaña también en el sufrimiento y nos mueve a buscar ayuda.
La promesa dirigida a quienes permanecen y piden debe escucharse dentro de esta amistad. Unidos a Cristo, nuestros deseos van aprendiendo su amor. La oración puede transformar lo que pedimos y enseñarnos a confiar cuando la respuesta tarda o toma un camino inesperado. El Padre recibe nuestra súplica; nosotros aprendemos a recibir su voluntad sin dejar de presentarle con sencillez cuanto necesitamos.
Hoy podríamos reservar un momento concreto, aunque sea breve, para estar con Jesús. Leamos despacio el Evangelio y hablemos con Él sobre una relación que necesita cuidado. Después demos a esa oración una continuidad visible: una reconciliación posible, un servicio doméstico asumido con alegría o un tiempo de escucha para alguien cercano. Así la vida interior y la caridad comienzan a alimentarse mutuamente.
Cristo, muerto y resucitado, sigue comunicando su vida a la Iglesia. En Él nuestro esfuerzo encuentra una fuente que no se agota. Con santa Teresa pidamos la gracia de volver cada día a esa amistad y de permanecer también cuando no sentimos consuelo. El Padre sabrá hacer madurar el fruto de un corazón que se deja amar.
Sobre la palabra griega
μείνατε (meínate): Imperativo, segunda persona plural: Jesús dirige a sus discípulos la invitación a permanecer.
Oremos
Oración final
Jesús, vid verdadera, mantennos unidos a ti. Que tu Espíritu rece en nuestra pobreza y que tu Palabra renueve nuestros deseos. Con santa Teresa, enséñanos a vivir tu amistad y a dar frutos de amor en la vida diaria. Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


