Evangelio del día
Mateo 4, 25—5, 12
La santidad comienza allí: en recibir ese amor y aprender a vivir como hijos.
Leccionario del día
La mesa de la Palabra.
- Primera lecturaApocalipsis 7, 2-4. 9-14
- SalmoSalmo 23, 1-6
- Segunda lectura1 Juan 3, 1-3
- EvangelioMateo 4, 25—5, 12
La Palabra
Mateo 4, 25—5, 12
25 Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán. 1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. 2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: 3 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. 5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. 12 Alegráos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia
Comentario pastoral
Una santidad con tu nombre
1. La Madre Iglesia nos invita a la fiesta
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Madre Iglesia nos toma de la mano y nos dice, como una madre que desea el bien de sus hijos: «No te pierdas esta fiesta. Ven a recibir la gracia del Señor y a descubrir lo que Él quiere hacer en tu vida».
Celebramos a Todos los Santos: a quienes ya viven en la gloria de Dios, tanto los conocidos por su nombre como esa multitud de rostros que nosotros desconocemos, pero que el Señor conoce y ama.
El Apocalipsis nos muestra una muchedumbre de toda nación, pueblo y lengua. Todos están ante el Cordero. Sus historias son distintas; la salvación que han recibido tiene una misma fuente: Jesucristo.
La Iglesia llama solemnidad a esta celebración por la importancia del misterio que contemplamos. Es uno de los días mayores de su año litúrgico. El precepto se refiere a nuestra obligación de participar en la Misa, y hoy celebramos también el domingo. Pero sería una pena quedarnos solamente en el deber y perder de vista el regalo. La Iglesia nos convoca porque el Señor quiere encontrarse con nosotros, alimentarnos con su Palabra y su Cuerpo, renovar nuestra esperanza y hacernos participar de su vida.
Los santos han llegado; nosotros seguimos peregrinando. Pero el Padre que los recibió es el mismo que hoy nos llama. San Juan nos recuerda que ya somos hijos de Dios, aunque todavía no se manifieste plenamente lo que seremos.
La santidad comienza allí: en recibir ese amor y aprender a vivir como hijos.
2. Dios no fabrica santos en serie
Hay una expresión italiana muy hermosa: «Quando Dio fa un santo, poi rompe lo stampo». Cuando Dios hace un santo, después rompe el molde.
Es una imagen de la creatividad de Dios. Cada santo tiene su historia, su carácter, sus dones y su camino. Pedro no fue Juan. Francisco de Asís no fue Teresa de Jesús. Santa Teresita no fue san Alberto Hurtado. La unión con Cristo hizo florecer lo propio de cada uno.
Santo Tomás de Aquino enseña que la diversidad de las criaturas manifiesta la bondad de Dios mejor de lo que podría hacerlo una sola. Podemos reconocer algo semejante en los santos: sus diferentes vidas nos permiten contemplar la riqueza del mismo amor.
También tú eres único e irrepetible. Dios te conoce personalmente y te llama por tu nombre. No te pide que vivas la historia de otro: quiere hacer de tu propia vida un camino de comunión con Él.
Por eso podemos admirar a los santos y aprender de ellos sin vivir comparándonos. Nuestra historia tiene alegrías, decisiones, heridas y capítulos que todavía no comprendemos. Dios no quiere el mal que sufrimos, pero su amor puede encontrarnos allí y abrir un camino de sanación y libertad. Nuestra vida no está fuera del alcance de sus manos.
Nadie necesita presentar una biografía perfecta para acercarse a Él. Hoy podemos entregarle lo que somos y preguntarle: «Señor, ¿cómo quieres que te ame en esta vida que es la mía?».
3. Bienaventurados: una alegría más honda que el ánimo
Jesús nos responde con las bienaventuranzas.
La palabra griega es μακάριος, makários; en plural, μακάριοι, makárioi. La traducimos como bienaventurado, dichoso, feliz.
Pero Jesús llama dichosos también a quienes lloran, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a quienes padecen persecución por hacer el bien. Esa dicha, entonces, es más honda que una emoción agradable.
Quien llora no necesita fingir una sonrisa para demostrar que tiene fe. Jesús anuncia que será consolado. La alegría nace de su promesa: nuestra vida está en manos de Dios y el mal no tendrá la última palabra. Las bienaventuranzas nos permiten reconocer como bendecida una vida que, mirada solamente desde fuera, podría parecer fracasada.
San Agustín reconoce en los pobres de espíritu la humildad de quienes abandonan la soberbia y se ponen ante Dios. Allí comienza el camino: cuando dejamos de pretender que podemos sostenerlo todo solos.
Las bienaventuranzas nos muestran el corazón de Cristo: manso, misericordioso, limpio, entregado a la paz. Su Espíritu va formando ese corazón en nosotros.
Por eso la alegría cristiana puede convivir con el cansancio, el duelo y las preguntas. A veces se expresa en una confianza muy sencilla: «Señor, hoy me cuesta, pero sé que estás conmigo». Es un anticipo de aquella plenitud en la que los santos ya viven.
4. Descansar en el Señor y aprender a permanecer
San Agustín nos recuerda que nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.
La santidad no consiste primero en hacer cosas de santos o copiar sus gestos. Consiste en descansar en el Señor, recibir su vida y dejarnos conducir por su Espíritu. Desde allí nacen las obras: la paz recibida se vuelve paciencia; el perdón recibido, misericordia; la alegría compartida, servicio.
¿Cómo cuidar ese encuentro? Nos ayuda una palabra de la tradición monástica: stabilitas, estabilidad.
Giuseppe Forlai, al comentar la enseñanza de san Romualdo, escribe: «La estabilidad es otra forma de vivir la fidelidad en el espacio y en el tiempo». Y propone una estabilidad de lugar, de tiempo y de propósito. Es una invitación muy concreta, también para quienes vivimos entre trabajos, familia y responsabilidades.
Un lugar: ese rincón de la casa donde podemos recogernos ante el Señor. Un tiempo: diez minutos cada día pueden cuidar mejor la relación que dos horas una vez cada diez días. Un propósito: permanecer con un versículo, una petición, un padrenuestro rezado despacio, sin necesitar cambiarlo todo continuamente.
Esta fidelidad no nos exige sentir siempre lo mismo. Nos enseña a volver. Si nos distraemos, volvemos; si faltamos un día, retomamos; si estamos secos, permanecemos confiando.
Así damos raíces a nuestra relación con Dios. El Espíritu sostiene un gozo constante en su raíz, aunque cambie nuestro ánimo: la alegría de pertenecer al Señor. Y esa oración se reconoce después en el amor concreto al hermano.
5. Maleables en las manos del Padre
Quisiera dejarles una palabra: maleables.
El profeta Jeremías nos invita a contemplar al alfarero trabajando la arcilla. Y san Ireneo nos aconseja, con una imagen preciosa: «Ofrécele un corazón blando y maleable».
Habla de conservar la humedad de la arcilla para que pueda recibir la huella de los dedos del Creador. ¡Qué hermosa manera de comprender la vida espiritual! La oración, la Palabra y los sacramentos mantienen nuestro corazón abierto a la obra de Dios.
Ser maleables es decir: «Señor, enséñame. Hay una dureza que necesito entregarte. Hay alguien a quien debo escuchar. Hay un paso de amor que hoy puedo dar».
Volvamos a la imagen italiana: si Dios no repite sus santos, dejemos que trabaje también en nosotros con esa libertad creadora. No le presentemos un corazón endurecido que ya ha decidido de antemano cómo deben ser todas las cosas.
El Padre trabaja respetando nuestra libertad. No borra nuestro rostro: nos ayuda a llegar a ser plenamente quienes estamos llamados a ser.
Él es el Alfarero: es Él quien hace a los santos; la santidad no la conquistamos con nuestras solas fuerzas. Confiemos en su gracia y dejémonos modelar: Él puede hacer de nuestra vida una obra de arte maravillosa
El salmo habla de manos limpias y corazón puro. Las manos y el corazón: lo que hacemos y lo que amamos. Allí quiere trabajar el Señor.
Querida comunidad de los Santos Apóstoles: celebremos a quienes ya contemplan a Dios y pidamos su intercesión. Nosotros también estamos llamados a la santidad.
¡Muchísimas felicidades a todos! Que esta solemnidad sea un día de santidad y de disponibilidad al Señor. Que aprendamos a descansar en Él, a permanecer en su amor y a ser maleables en sus manos, para que pueda realizar en cada uno esa obra única de amor que desea.
Amén.
La oración de la Iglesia
Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.
Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.


