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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Dibujo del rey que se dirige al invitado sin traje de bodas delante de una mesa con comensales; anónimo neerlandés del siglo XVI, según Jan Swart van Groningen.
El rey y el invitado sin traje de bodasEste dibujo neerlandés del siglo XVI representa el momento en que el rey se acerca al invitado que carece del traje de bodas. Los demás comensales permanecen alrededor de la mesa. La escena corresponde a Mateo 22, 11–14 y nos introduce en la pregunta por nuestra respuesta a la invitación de Dios. El banquete recibido gratuitamente reclama una vida que se deje revestir de caridad.Anónimo neerlandés, según Jan Swart van Groningen · siglo XVI · Dibujo a pluma y pincel, tinta y aguada grises · The Metropolitan Museum of Art, 2008.178.16 · CC0 1.0 ↗
← Volver a Homilía diariaXXVIII Domingo del Tiempo Ordinario · San Juan XXIII

La mesa está preparada

El Señor invita a su banquete antes de que podamos presentar méritos. El traje de la caridad expresa la respuesta que su gracia hace posible: participar de verdad en la comunión que hemos recibido.

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Evangelio del día

Mateo 22, 1-14

El Señor invita a su banquete antes de que podamos presentar méritos. El traje de la caridad expresa la respuesta que su gracia hace posible: participar de verdad en la comunión que hemos recibido.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaIsaías 25, 6-10
  2. SalmoSalmo 22, 1-6
  3. Segunda lecturaFilipenses 4, 12-14. 19-20
  4. EvangelioMateo 22, 1-14

La Palabra

Mateo 22, 1-14

1 Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: 2 «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. 3 Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. 4 Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.” 5 Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; 6 y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. 7 Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. 8 Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.” 10 Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. 11 «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, 12 le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” El se quedó callado. 13 Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” 14 Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

Texto: Biblia de Jerusalén · edición entregada por la parroquia

Comentario pastoral

La mesa está preparada

Una alegría que espera nuestra respuesta

La mesa está preparada. Hay una boda que celebrar y el rey desea compartir su alegría. Así comienza la parábola que Jesús nos ofrece este domingo. Antes de escuchar las negativas de los invitados, conviene mirar esa primera iniciativa: alguien ha preparado una fiesta y sale a buscarnos para que participemos.

Isaías nos ayuda a reconocer la profundidad de la imagen. El banquete que Dios prepara para todos los pueblos está unido a una promesa inmensa: la muerte será vencida y las lágrimas serán enjugadas. La salvación tiene el horizonte de una comunión gozosa. El Señor desea reunir a sus hijos y sanar aquello que los separa, los humilla y los hace llorar.

Sin embargo, los invitados tienen otros asuntos. Uno se marcha a su campo; otro, a su negocio. Son ocupaciones que forman parte de la vida. El problema aparece cuando absorben de tal manera el corazón que ya no queda espacio para responder al que llama. Podemos estar muy ocupados y, al mismo tiempo, perder una oportunidad de encuentro que no volverá de la misma forma.

El relato incluye también rechazo violento, muerte y juicio. Son palabras que no debemos suavizar hasta volverlas inofensivas: resistirse al amor de Dios tiene consecuencias. Tampoco podemos convertir las imágenes de la parábola en permiso para ejercer violencia religiosa ni utilizarlas para condenar a un pueblo. La advertencia nos alcanza a quienes hoy escuchamos y necesitamos convertirnos.

A los cruces de los caminos

El rey vuelve a enviar a sus servidores. Ahora deben reunir a cuantos encuentren. La sala se llena de malos y buenos. Ese detalle es decisivo: la entrada comienza con una llamada generosa, antes de que los invitados puedan exhibir una vida terminada o una lista de méritos.

Así hemos sido alcanzados también nosotros. Dios nos ha buscado en situaciones concretas, con nuestras posibilidades y pecados. La Iglesia recibe personas que necesitan ser perdonadas, sostenidas y transformadas. Una comunidad que recuerda de dónde fue llamada puede acoger con mayor humildad a quien llega buscando un lugar.

Pero el Evangelio todavía tiene una pregunta. Entre los comensales hay uno sin traje de boda. ¿Qué significa ese vestido? La escena puede desconcertarnos, sobre todo después de una invitación tan amplia. No se está estableciendo una exigencia económica para entrar en la casa de Dios. El lenguaje de la parábola nos conduce hacia la manera de participar en su alegría.

San Gregorio Magno interpreta el traje nupcial como la caridad. La fe permite entrar al banquete; el amor a Dios y al prójimo da a nuestra vida la disposición propia de esa comunión. Benedicto XVI retoma esta lectura e invita a custodiar ese vestido en las relaciones concretas. Podemos estar dentro de la sala y seguir resistiendo aquello que la fiesta celebra.

El amor que recibimos quiere crecer

La caridad comienza como don de Dios. Él nos ama primero y nos hace capaces de responder. Por eso, pedir el vestido de bodas significa suplicar: Señor, reviste mi vida con tu amor; transforma lo que todavía se cierra ante ti y ante mis hermanos.

El Concilio Vaticano II advierte que la pertenencia exterior a la Iglesia necesita ir acompañada de la perseverancia en la caridad. Esta enseñanza nos libra de una seguridad engañosa. Participar, conocer y cumplir tareas son bienes preciosos; necesitan que el amor recibido vaya modelando también nuestras palabras y decisiones.

Podemos examinarlo con sencillez. ¿Hay alguien a quien tratamos como si no tuviera sitio en la mesa? ¿Una persona cuya necesidad conocemos y seguimos aplazando? ¿Una injusticia que debemos reparar? Tal vez el paso de hoy sea compartir alimento, escuchar una petición o comenzar una conversación pendiente. El traje de la caridad se vuelve reconocible en una vida que aprende a darse.

La última frase sobre llamados y escogidos mantiene despierta nuestra responsabilidad. Jesús no nos entrega una cifra para calcular cuántos se salvarán. Nos pide recibir de verdad la invitación que está llegando ahora y permitir que produzca fruto.

Al acercarnos a la Eucaristía, llevemos nuestra necesidad de ese amor. El Hijo cuya boda se anuncia es también quien entrega su vida por nosotros. Él puede renovar nuestra respuesta. Que la comunión celebrada alcance después la mesa de casa, la acogida parroquial y el trato con quien encontramos en el camino. La fiesta está preparada; dejemos que su alegría transforme nuestra manera de vivir juntos.

Oremos

Oración final

Padre bueno, gracias por llamarnos a la mesa de tu Hijo. Perdona nuestra indiferencia y reviste nuestra vida con la caridad que viene de ti. Que la comunión celebrada nos enseñe a acoger, compartir y reparar el daño que hayamos causado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.